Archive for the ‘ Literatura ’ Category

Rubaiyat. Cuarteta XX.

 

Fugaces son nuestros días y huyen
como el agua de los ríos y los vientos
del desierto.

Pero, dos días me dejan indiferentes:
el que ayer murió y el que
mañana aún no ha nacido.

 

Omar Khayyám

 

Bertrand Russell, un hombre para el recuerdo.

 

Comparto aquí en esta web, con los oportunos créditos, un hermoso texto extraido del libro El cánon científico, del autor José Manuel Sánchez Ron, que hace alusión al gigante intelectual que fue Sir Bertrand Russell, que me ha mostrado la talla humana de este gran hombre, y que me ha causado una honda emoción.

“…En este punto es preciso detenerse un momento, para señalar que Bertrand Russell es, ciertamente, un miembro de pleno derecho del selecto y reducido club de cualquier canon de la ciencia. Acaso no tanto por los resultados que obtuvo, sino por la ambición y amplitud de intereses que demostró durante su larga vida. Nos dejó libros extraordinarios, sobre matemática, física, filosofía, política y sociología (sin olvidar su bella autobiografía), que se pueden leer hoy igual que cuando fueron publicados. Estaban, además, magníficamente escritos (Russell fue premio Nóbel de Literatura, aunque la decisión de la Academia Sueca pueda ser discutida). Hay unas línas que abren su autobiografía que a mí me conmueven siempre que las leo. No quiero dejar de recordarlas aquí:

BERTRAND RUSSELL, AUTOBIOGRAPHY (1967)

Tres pasiones, simples pero irresistiblemente fuertes, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento, y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones me han llevado, como grandes vendavales, de aquí para allá, por un caprichoso camino, a través de un profundo océano de angustia, llegando al mismo borde de la desesperación.

He buscado amor, primero, porque trae éxtasis, un éxtasis tan grande que a menudo habría sacrificado el resto de mi vida por unas pocas horas de esta alegría. Lo he buscado, en segundo lugar, porque mitiga la soledad, esa terrible soledad en la que nuestra temblorosa conciencia mira, más allá del límite del mundo, al frío, insondable y sin vida abismo. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una mística miniatura, una protovisión del cielo que los santos y los poetas han imaginado. Esto es lo que busqué, y aunque puede parecer demasiado bueno para la vida humana, esto es, al menos, lo que he encontrado.

Con igual pasión he buscado conocimiento. He deseado comprender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de comprender el poder pitagórico mediante el cual el número domina el flujo. Un poco de esto, aunque no mucho, he logrado.

Amor y conocimiento me transportaron, tanto como fue posible, hacia los cielos. Pero la piedad siempre me trajo de regreso a la tierra. Reverberan en mi corazón ecos de los gritos de sufrimiento. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desamparados que constituyen una odiada carga para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y sufrimiento hacen que la vida parezca una burla de lo que debería ser. Ansío aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Ésta ha sido mi vida. He encontrado que merece la pena vivirla, y alegremente la viviría de nuevo si se me diese la oportunidad.”

 

Créditos: El canon científico, José Manuel Sánchez Ron.

 

Amarga locura, por Dave Mistery

 

 

“En la proximidad de fechas navideñas, se ve perturbada la normalidad de un centro psiquiátrico de Manchester. Un paciente ingresado fallece en su cama. No parece haber nada extraño en su muerte y así lo cree, en un inicio, la policía. El eficiente inspector Evans debe encargarse de cerrar rápido el asunto para poder prestar más atención a casos realmente importantes. Sin embargo, a medida que avanza en la investigación, el caso se va complicando. Esa muerte, la de un “pobre diablo” que apenas importa a nadie, se torna en un misterio incomprensible. Evans, con ayuda del metódico inspector jefe McPhee, un hombre con dificultades para conciliar la labor profesional con su familia, intentará desentrañar las numerosas incógnitas que se le van presentando. Si te gusta la novela policíaca con interrogatorios, intriga y giros de guión, no dejes de leer Amarga locura“.

Éste es el texto con el que el autor escondido tras el seudónimo Dave Mistery nos presenta su primera novela. Personalmente, a un adorador como soy de las sagas de detectives y de intriga (Poirot, Miss Marple, Sherlock Holmes y el padre Brown) me parece de entrada muy interesante para pasar parte del mes de agosto a la sombra de un plátano con un vaso de tinto de verano bien frío. Es más, puesto que los autores noveles necesitan el apoyo de los lectores, ya tengo pedido mi ejemplar, que pronto llegará a casa. Muchísima suerte señor Mistery. Que venda Vd. muchos ejemplares.

 

Amarga locura

 

 

“Instrucciones para ignorar los mensajes”, por el mexicano Óscar Molina

 

a través de Instrucciones para ignorar los mensajes (web Letras y Poesía)

 

Para ignorar los mensajes uno debe, antes que nada, tener gente que le escriba, además de ser bueno ignorando en otras áreas y, específicamente, ignorando emociones.

Al principio resulta complicado, pero luego de un tiempo solo se vuelve difícil. El ignorador (o ignorante, ignoro cual sea la forma adecuada de llamarle) es un experto en dominarse, controlar los puntos y los signos es la clave para llevar a cabo este ejercicio.

Olvídese de la gente que ama, nadie soporta que le ignoren. Peor aún si lo hace por WhatsApp o Messenger, o alguna otra de esas horribles aplicaciones que lo único que han hecho es malacostumbrarnos a la inmediatez. Resígnese a morir solo (las relaciones personales únicamente se pueden solicitar por escrito y a distancia), usted tendrá amigos a medias, parejas a medias, conocidos desconocidos, puesto que usted no está completo.

Asúmase como alguien no real, o al menos no plenamente real. Ignorar es un cuestionamiento a la existencia, e ignorar lo que los demás nos dicen es todavía más contundente; cuando se pasa mucho tiempo sin que nadie sepa de alguien, entonces se comienza a olvidar, y a olvidar, hasta que ese alguien sólo sobrevive en vestigios y retazos de memoria.

Cuando se ignora se debe ser muy cuidadoso. El material para ignorar es limitado, así que es posible que una vez por año, usted tenga que atraer la atención de dos o tres personas, engatusarlas, acostumbrarlas a su nombre y a su letra y, justo cuando ellas y usted crean que son casi indispensables para la vida del otro, ignorarlas, no por maldad o por gozo, sino simplemente porque se encuentra muy comprometido con esto.

El paso final para ignorar los mensajes (y la gente, y las emociones, éste es el paso final de casi todas las instrucciones de ese tipo) es aceptar que ignorar es una de las formas más radicales que existen para negarnos a nosotros mismos.

Advertencia: si usted se arrepiente y deja inconcluso el proceso, deseando retomar su vida como era antes de que aprendiera a ignorar, no se sorprenda de una cosa: que la gente le ignore.

 

 

Créditos de la imagen: www.upsocl.com

 

Walking around. (Pablo Neruda).

 

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías

me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones,

a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre

y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

 

Pablo Neruda.

 

El tiempo en mis manos.

 

 

Yo era científico y matemático, y trabajaba en mis investigaciones por libre. A la vuelta de la oficina, no necesitaba de nada más que de mi cabeza, un lápiz y un cuaderno. Tenía que construir mi propia criatura, lo deseaba. Usando ciertas ecuaciones fui diseñando poco a poco mi máquina del tiempo. Era mi secreto.

Al principio sólo eran ideas vagas e inconexas. Pero un día todo llegó a encajar y tomar forma. Cada pensamiento en que me recreaba tenía su equivalencia en el cuaderno en forma de tensores y operaciones entre ellos. Cuando tuve acabada la teoría, comencé a construir el artefacto en el garaje. Trabajaba hasta altas horas de la madrugada, perdiendo tiempo de sueño, empeñado en terminarlo cuanto antes. Se iban sucediendo las semanas y no avanzaba nada. Pero una vez que obtuve todos los materiales, y conseguí concentrarme en las tareas, la máquina fue surgiendo poco a poco de mis manos. Cuando al fin la tuve rematada, decidí fijar un día para mi primer viaje. Mi concepto del paso del tiempo dejaría de ser el mismo cuando la rueda comenzase a girar, si mis cálculos eran correctos. Configuré las clavijas y noté un ligero mareo, al que me fui acostumbrando poco a poco. Mi tiempo local no variaba, pero podía ver como el externo sí lo hacía. Era fabuloso. Contemplaba extasiado como se sucedían las estaciones y los años. Y yo no envejecía. Era el mismo niño de siempre. La máquina era perfecta. Como un Dorian Grey de 15 años, la mente no variaba, los pensamientos fluían en mi cabeza como siempre habían fluido.

Pero, cuando ya estaba embargado por la emoción, noté una cosa. Comenzó como una palpitación en mi corazón y una neblina en los ojos. Algo no iba bien. Repasé de memoria los cálculos. Había algo que no cuadraba. ¿Qué era?. Le daba vueltas en la cabeza, mi mente era un hervidero de pensamientos extraños, y de repente lo vi todo. Acudió a mí como un relámpago. Una maldita cuenta estaba mal. El tensor de la energía basal decaía a la tasa de tiempo externo, no a la tasa de tiempo interno. Me estaba muriendo.

 

Lolita.

 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita. […]

 

Comienzo del capítulo 1 de Lolita, de Vladimir Nabokov.

 

La granja de Ngong.

 

 

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles de Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. […]

 

Comienzo del capítulo 1 de Memorias de África, escrito por Karen Blixen, uno de cuyos seudónimos fue Isak Dinesen. El escritor Ernst Hemingway dijo que era a élla a quien le tenían que haber dado el Nóbel, con toda la razón del mundo.