Réplica de radio catedral de los años 20.

 

 

En los locos años 20/30 del siglo pasado, estaba recién inventado el receptor superheterodino a válvulas (su creador fue el ingeniero Edwing Armstrong), con el que se conseguía una mucho mayor calidad en el audio en relación a las radios regenerativas que previamente se comercializaban. Los receptores ganaban así en selectividad en frecuencia, en sensibilidad, y en eliminación del ruido. La moda para quien podía permitírselo era adquirir una de aquellas preciosas radios, que recibían el nombre de radio catedral o radio capilla, dado el carácter gótico que tenían en su apariencia. Eran populares los modelos de las marcas Philco y Crosley en América, y aquí en Europa Philips, que ya había sido fundada en el año 1891. Por su cuidada estética se usaban tanto de objeto decorativo, como de elemento de entretenimiento, dado que estaban concebidas como verdaderas preciosidades, hoy en día muy cotizadas si están en buen estado. Es muy difícil, por no decir casi imposible, encontrar hoy una radio catedral de aquellos tiempos (¡¡¡han pasado más de 100 años!!!) a válvulas y con el mueble intacto (que además no estaba hecho de baquelita sino de madera).

Yo me he conformado con esta chulísima radio capilla superheterodina a transistores (tecnología de estado sólido, más moderna que la tecnología a válvulas de vacío), de la casa Philips, de los años 80, que se hizo como réplica de aquellas preciosas radios y que es decorativa como ella sola. Pero, ay, no tiene el chisporroteo de las válvulas, la parte romántica del asunto se diluye un poco, en fin, siempre nos quedará París….

 

Oriental.

 

Con el ceño sombrío, con el gesto altanero

y la frente más pálida que una aurora de enero,

sobre alfombra turquesa se halla echado el Sultán;

una nube de penas la mirada le embarga;

de su pipa de opio la espiral sube larga…

¡El Sultán está triste como un preso alcotán!

En el patio una fuente vierte el chorro sonoro

de sus cien surtidores en su taza de oro,

donde el cielo contempla su semblante de azul,

y las rosas que sólo no negó Alejandría,

y el clavel purpurino que en el Cairo se cría,

y el fragante y soberbio tulipán de Stambul.

Dos pebetes arrojan enervante fragancia,

descansando en dos ángulos de la mágica estancia

revestida de jaspes, oro, seda y coral,

y entre redes de plata mil y mil aves cantan,

que del dueño opulento los pesares no espantan,

ni le ponen alivio con su son musical.

Es en vano que lleguen sus esclavas más bellas,

como coro de ninfas, como sarta de estrellas,

a ofrecerle sus cuerpos en el plácido harén,

a trenzar locas danzas en redor de su frente,

a entonar coplas árabes con sus guzlas de Oriente…

El Sultán las contempla con marcado desdén.

Del umbral a los medios, tras colgantes alfombras,

dos armónicos nubios, como dos pétreas sombras,

le custodian, armados de puñal cortador…

El Sultán no permite que nadie entre a su estancia,

quiere estar triste y solo como el cielo de Francia,

por entero entregarse a su negro dolor.

Como hermético esfinge, lleva el turco guardado

su dolor, que hondos surcos en su frente ha labrado

y ha escanciado el sabor de la hiel,

que una nube de penas ha tendido en sus ojos,

que le ha puesto en el alma de cuchillos manojos

y en las sienes la albura de su blanco alquicel…

En su taza dorada canta el chorro sonoro,

armonía en sus redes dan las aves a coro;

las esclavas inician una danza feliz:

pero el dueño, hierático, ha extendido la diestra…

y los pájaros cesan en su charla maestra,

y las bellas se ocultan tras un rico tapiz.

El Sultán ya no espera que nadie más le estorbe,

y en su pena se abisma, y en su pena se absorbe

mientras bebe del opio el azúleo vapor…

Luego, irguiéndose lento, melancólico exclama:

“¿Por qué vuela con otro…?¿Por qué ya no me ama?”

y una lágrima rueda por su faz sin color…

 

Miguel Hernández, (1930).

 

La luna hoy, día 26/03/2021.

 

Con el equipo de costumbre y la cámara en modo de prioridad de apertura e ISO 200, he obtenido las siguientes fotos del astro lunar.

 






 

 

The final countdown. Europe.

 

We’re leaving together
But still it’s farewell
And maybe we’ll come back
To Earth, who can tell?
I guess there is no one to blame
We’re leaving ground (leaving ground)
Will things ever be the same again?

It’s the final countdown
The final countdown

We’re heading for Venus
And still we stand tall
‘Cause maybe they’ve seen us
And welcome us all, yeah
With so many light years to go
And things to be found (to be found)
I’m sure that we’ll all miss her so

It’s the final countdown
The final countdown
The final countdown
(The final countdown, ooh)

The final countdown, ooh
It’s the final countdown
The final countdown
The final countdown
(The final countdown, ooh)

It’s the final countdown
We’re leaving together
(The final countdown)
We’ll all miss her so
It’s the final countdown
(The final countdown, ooh)
It’s the final countdown…

 

Nos estamos yendo juntos
Pero aún así es una despedida
Y tal vez regresemos
A la Tierra, ¿quién lo sabe?
Supongo que no hay nadie a quien culpar
Estamos dejando el suelo (dejando el suelo)
¿Las cosas volverán a ser las mismas?

Es la cuenta regresiva final
La cuenta regresiva final

Nos dirigimos a Venus
Y aún así nos mantenemos altos
Porque tal vez nos han visto
Y nos dan la bienvenida a todos, sí
Con tantos años luz para ir
Y cosas para encontrar (para encontrar)
Estoy seguro de que todos la echaremos de menos

Es la cuenta regresiva final
La cuenta regresiva final
La cuenta regresiva final
(La cuenta regresiva final, ooh)

La cuenta regresiva final, ooh
Es la cuenta regresiva final
La cuenta regresiva final
La cuenta regresiva final
(La cuenta regresiva final, ooh)

Es la cuenta regresiva final
Nos estamos yendo juntos
(La cuenta regresiva final)
Todos la echaremos de menos
Es la cuenta regresiva final
(La cuenta regresiva final, ooh)
Es la cuenta regresiva final…
 
 

 

Los radiofaros Consol (Elektra-Sonne) – (24).- Informe de Reginald V. Jones ‘Navigation and War’ (IV). La navegación aérea en el periodo de entreguerras.-

 

Con el fin de la guerra, el requisito principal de la navegación aérea cambió, ya que comenzó a desarrollarse el vuelo civil en rutas regulares; y los antiguos dispositivos de boyas y faros debían tener sus homólogos aéreos en potentes balizas visuales situadas en tierra. En Europa, los sistemas D/F terrestres de la Primera Guerra Mundial se convirtieron en una red, y se desarrollaron sistemas de bucle D/F para aviones, de modo que éstos pudieran orientarse con balizas de transmisión por radio convenientemente situadas en tierra.

En Estados Unidos, con su sistema de vuelos interurbanos en rápido desarrollo -y especialmente los que debían funcionar con una regularidad de todo tiempo para el servicio postal- se adoptó una solución que redujo la carga de trabajo tanto de la tripulación como del personal de tierra. La solución consistió en establecer un sistema de haces de radio, basado en el sistema Lorenz de 1907, que apuntaba de un aeropuerto a otro. Las pruebas realizadas por la National Bureau of Stand ards en 1921 demostraron que la zona de equiseñal tenía una milla de ancho a 35 millas de distancia del transmisor. El resultado fue el sistema “Radio Range”, en el que un avión, en lugar de tener que llamar a una red de D/F en tierra para pedir una fijación, podía volar a lo largo del haz de radio como una especie de ferrocarril aéreo. Esto suponía una gran ventaja en una ruta muy transitada, donde una red D/F podía saturarse fácilmente. En 1933 había 82 estaciones de haz de radio en funcionamiento, y otras 20 en construcción. Pero esta solución, tan adecuada para la aviación civil, se consideraba inadecuada para las necesidades militares, en las que los aviones debían volar en cualquier lugar, y no a lo largo de vías que permanecían fijas de un día, o incluso de un año, a otro.

La solución militar preferida era un sistema de bucle D/F en la aeronave, mediante el cual se podían obtener señales en balizas fijas; y los resultados de la navegación directa logrados por unos pocos operadores muertos alentaron la creencia de que sería posible realizar vuelos nocturnos precisos sólo con la navegación directa y celeste. En la RAF, de hecho, esta creencia se convirtió en una doctrina del personal que subestimó totalmente las dificultades de la navegación en comparación con otras actividades aéreas, como el pilotaje y la puntería de las bombas. Y esta insensibilidad a los problemas que presenta la navegación era típica de los defensores del poder aéreo. Douhet era partidario de los bombardeos de precisión durante el día y de aterrorizar durante la noche, y ni él ni Mitchell en Estados Unidos veían la necesidad de investigar las ayudas a la navegación.

En cuanto a la RAF, en 1938 empezó a reconocer que la navegación de un bombardero de largo alcance era una tarea que requería una atención especial, pero se seguía suponiendo que la navegación astronómica, complementada con las balizas de radio D/F en tierra, sería suficiente.
Y ello a pesar de que en 1939 el Oficial del Aire al mando del Grupo 3 informó de forma realista que sólo se podía esperar que la D/F diurna por encima de las nubes situara a un bombardero a menos de 50 millas de su objetivo. Algunos de nosotros intentamos ayudar al Mando de Bombarderos pensando en ayudas por radio basadas en las nuevas técnicas de pulso que estaban llegando con el radar. En Bawdsey, en octubre de 1937, R. J. Dippy sugirió que si dos transmisores de pulsos convenientemente colocados enviaban pulsos simultáneos, un avión que captara estos pulsos y tomara nota de los intervalos de tiempo entre los pulsos a medida que llegaban, podría volar a lo largo de una trayectoria que le permitiera llegar a su aeródromo con mal tiempo.

Yo mismo propuse utilizar el mismo principio en un plan que presenté al Ministerio del Aire en mayo de 1938. Esto fue estimulado por lo que yo había conocido de la medición de sonido en los cañones del Frente Occidental en la I Guerra Mundial, de un método desarrollado por Sir Lawrence Bragg. Si dos observadores registran los momentos en que escuchan el estruendo del cañón, entonces saben que el cañón debe estar en una posición tal que está más cerca de un observador que del otro por la distancia recorrida por el sonido en el intervalo de tiempo entre los dos que lo escuchan. Un resultado elemental de la teoría de las secciones cónicas muestra entonces que el cañón debe debe situarse en una hipérbola particular en torno a los dos puntos de observación como focos.

Si se introduce un tercer punto de observación en el sistema, los intervalos de tiempo entre las tres estaciones permiten determinar otras dos hipérbolas, y las tres hipérbolas se cruzarán en un solo punto, que indicará el emplazamiento del cañón. La propuesta de navegación aérea era, en efecto, este sistema al revés, utilizando ondas de radio en lugar de ondas sonoras. Cuando propuse el sistema, encontré poco entusiasmo entre mis colegas del Ministerio del Aire, que parecían casi felices de rechazar la propuesta con el argumento de que, a pesar de su ingenio, sería ineficaz porque las cortas ondas de radio que había que emplear no se doblarían alrededor de la curvatura de la Tierra. Como el propio Tizard observó sobre la actitud de la época: “El hecho es que nadie parece muy ansioso por obtener nuestro consejo sobre estos temas, o de seguirlo si se le ofrece”. Decepcionado, todo lo que pude hacer entonces fue buscar cualquier prueba que pudiera sugerir hasta dónde llegarían las ondas de radio.

 

Rubaiyat. Cuarteta XX.

 

Fugaces son nuestros días y huyen
como el agua de los ríos y los vientos
del desierto.

Pero, dos días me dejan indiferentes:
el que ayer murió y el que
mañana aún no ha nacido.

 

Omar Khayyám

 

Mujeres extraordinarias (IV). Marian Mirzakhani, la mente maravillosa.

 

 

Cualquier persona que trate de hallar en su vida un camino agradecido ha de esforzarse en pulir su virtud y su don especial, ya que todos y cada uno de los humanos tienen alguno, sea de la índole que sea. Aún así, aún puliendo diamantes, muchas veces el camino no es agradable, o no va en consonancia con lo que de nosotros mismos damos o aportamos. Cuando los obstáculos o impedimentos son fruto de nuestra interacción con la sociedad, se llega a la conclusión de que o bien nosotros estamos equivocados o bien lo está la sociedad, y ante ésto poco se puede hacer, ya que si sucede lo primero nuestra condición de habitantes de nuestra propia mente nos hace inconscientes e incapaces de cambiar tal hecho, y si sucede lo segundo estamos en una clara desventaja numérica. Pero, ay, cuando el enemigo no es la convención social, ni nuestras limitaciones mentales, sino la propia naturaleza, en ese caso, tarde o temprano caeremos al suelo en nuestra condición mortal. Sucede todos los días que se mueren personas, forma parte del propio ciclo de la vida y de la repoblación biológica terrestre. A veces el finado es un personaje “corriente” que no ha vivido con grandes pretensiones ni aspiraciones, que se ha conformado con practicar sus funciones biológicas y sociales sin buscar una continua superación. Por eso no es menos que ningún otro ser humano. Ahora bien, en la naturaleza del ser humano se halla en los individuos extraordinarios como común denominador la búsqueda de la virtud, o dicho de una manera más neutra si se quiere, la búsqueda de la excelencia.

Marian Mirzakhani fue una mujer muy virtuosa, muchísimo. A su talento y dotes genéticas se unió desde niña el trabajo en la búsqueda de la excelencia, en una sociedad hostil a su condición de mujer y más aún, de mujer matemática. Fue una de esas contadas personas que aparecen espontáneamente en cada generación, una aquí, otra allá, que destacan no sólo por su intelecto sino además por su motivación y sus inmensas ganas de superarse, porque aquí nadie compite contra otras personas sino sólo consigo mismo; el necio compite por cada día alcanzar una mayor necedad, y el talentoso por superar positivamente el listón allí donde lo había dejado antes.

Marian fue una heredera de la genialidad de Omar Khayyam, poeta, matemático, astrónomo y médico persa que resolvió las ecuaciones cúbicas intersecándolas con formas cuadráticas. Khayyam, autor del conocido poemario Rubaiyyat, donde se centraba en algo tan humano como es el goce del momento presente (recurriendo, todo hay que decirlo, al filtro del vino) fue una de las mejores mentes que dio la antigua Persia (actual Irán). Y allí nació nueve siglos más tarde Marian. Su vida fue un frenesí en búsqueda de la perfección matemática, y también de las ideas geniales, de esas maravillosas ideas que se nos ocurren en un acto de resonancia bioquímica de nuestro cerebro. Nació en Teherán en 1977 (tendría hoy en día la corta edad de 43 años), en un entorno propicio para su forma de ser. En el año 1994 consiguió 41 puntos de 42 en la Olimpiada Matemática y una medalla de oro. En 1995 volvió a repetir la hazaña, consiguiendo los 42 puntos y también la medalla de oro. En este mismo año comenzó sus estudios universitarios en la universidad más prestigiosa de Irán, la Universidad de tecnología de Sharif. Y allí, siendo todavía estudiante, publicó su primer trabajo “Decomposition of complete tripartite graphs into 5-cycles”. Pocos años más tarde publicó “A small non-4-choosable planar graph” y “A simple proof of a theorem of Schur”. Realizó su tesis doctoral en la Universidad de Harvard, apadrinada por el flamante nuevo medallista Fields del momento, Curtis McMullen. Consiguió su doctorado en 2004 con una tesis titulada “Simple geodesics on hyperbolic surfaces and volume of the moduli space of curves”. Se mudó a la Universidad de Stanford, se casó y tuvo una hija, Anahita.

El trabajo de Marian Mirzakhani que la consagró como una mente maravillosa fue la aplicación de su maravillosamente extraordinaria intuición espacial, enfocándola en el estudio de las superficies hiperbólicas y de sus geodésicas y en la demostración de una conjetura que había sido propuesta por el partero de la teoría “M” de cuerdas, el también maravilloso Edward Witten, del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, que establecía algunas medidas topológicas en los espacios de moduli de la propia teoría de cuerdas. Y seguió dándole vueltas sin descanso a este tema. En el año 2019 publicó, conjuntamente con Alex Eskin el “teorema más importante de la década”, con un trabajo de 214 páginas.

El colofón lo supuso la medalla Fields, obtenida como consecuencia de sus importantes hallazgos, en el ICM de Seúl (año 2014). Pero al igual que le pasó a Galois o a Abel, a Riemann o a Rammanujan, y a tantas y tantas mentes maravillosas, la sombra del demonio la poseyó, en este caso con un cáncer de mama extendiéndose al hígado y a los huesos, sin perdón, sin compasión, sin ningún tipo de miramiento ni consideración alguna, liquidándola en el año 2017.

Es la única mujer que ha obtenido la medalla Fields. Es una auténtica mente maravillosa, y sus trabajos la harán trascender al presidio de la carne, aunque en su corta vida ésto le haya favorecido poco o nada.

 

Créditos de los datos biográficos: Mujeres matemáticas, trece matemáticas, trece espejos. V.V.A.A. Coordinado por Marta Macho Stadler.

 

Bertrand Russell, un hombre para el recuerdo.

 

Comparto aquí en esta web, con los oportunos créditos, un hermoso texto extraido del libro El cánon científico, del autor José Manuel Sánchez Ron, que hace alusión al gigante intelectual que fue Sir Bertrand Russell, que me ha mostrado la talla humana de este gran hombre, y que me ha causado una honda emoción.

“…En este punto es preciso detenerse un momento, para señalar que Bertrand Russell es, ciertamente, un miembro de pleno derecho del selecto y reducido club de cualquier canon de la ciencia. Acaso no tanto por los resultados que obtuvo, sino por la ambición y amplitud de intereses que demostró durante su larga vida. Nos dejó libros extraordinarios, sobre matemática, física, filosofía, política y sociología (sin olvidar su bella autobiografía), que se pueden leer hoy igual que cuando fueron publicados. Estaban, además, magníficamente escritos (Russell fue premio Nóbel de Literatura, aunque la decisión de la Academia Sueca pueda ser discutida). Hay unas línas que abren su autobiografía que a mí me conmueven siempre que las leo. No quiero dejar de recordarlas aquí:

BERTRAND RUSSELL, AUTOBIOGRAPHY (1967)

Tres pasiones, simples pero irresistiblemente fuertes, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento, y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones me han llevado, como grandes vendavales, de aquí para allá, por un caprichoso camino, a través de un profundo océano de angustia, llegando al mismo borde de la desesperación.

He buscado amor, primero, porque trae éxtasis, un éxtasis tan grande que a menudo habría sacrificado el resto de mi vida por unas pocas horas de esta alegría. Lo he buscado, en segundo lugar, porque mitiga la soledad, esa terrible soledad en la que nuestra temblorosa conciencia mira, más allá del límite del mundo, al frío, insondable y sin vida abismo. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una mística miniatura, una protovisión del cielo que los santos y los poetas han imaginado. Esto es lo que busqué, y aunque puede parecer demasiado bueno para la vida humana, esto es, al menos, lo que he encontrado.

Con igual pasión he buscado conocimiento. He deseado comprender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de comprender el poder pitagórico mediante el cual el número domina el flujo. Un poco de esto, aunque no mucho, he logrado.

Amor y conocimiento me transportaron, tanto como fue posible, hacia los cielos. Pero la piedad siempre me trajo de regreso a la tierra. Reverberan en mi corazón ecos de los gritos de sufrimiento. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desamparados que constituyen una odiada carga para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y sufrimiento hacen que la vida parezca una burla de lo que debería ser. Ansío aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Ésta ha sido mi vida. He encontrado que merece la pena vivirla, y alegremente la viviría de nuevo si se me diese la oportunidad.”

 

Créditos: El canon científico, José Manuel Sánchez Ron.