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Archive for the ‘ Cine ’ Category

La granja de Ngong.

 

 

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles de Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. […]

 

Comienzo del capítulo 1 de Memorias de África, escrito por Karen Blixen, uno de cuyos seudónimos fue Isak Dinesen. El escritor Ernst Hemingway dijo que era a élla a quien le tenían que haber dado el Nóbel, con toda la razón del mundo.

 

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La gran evasión

 

 

Repitiendo con tres actores del elenco de su anterior película “Los siete magníficos” (Steve McQueen, Charles Bronson y James Coburn), en el año 1963 John Sturges dirigió el film “La gran evasión”, basada en una novela de Paul Brickhill. Esta producción es el clásico por antonomasia del cine bélico, que nos ha dejado en la retina y en la hemeroteca visual algunas de las escenas más icónicas del cine de todos los tiempos.

 

 

Lo mires por donde lo mires, se trata de un film fabuloso, es divertido, tiene intriga, actores fantásticos, y es tan emocionante al verlo hoy en día como cuando se estrenó.

No creo que existan muchas personas que no la hayan visto y que no conozcan la trama. Un grupo de prisioneros británicos y estadounidenses, los ases de la fuga en la Alemania nazi, son recluidos en un campo de concentración, donde son reunidas “todas las manzanas podridas en el mismo cesto”. Con una organización que para sí quisieran muchas entidades de la sociedad, este grupo de elementos construye tres túneles (que llaman Tom, Dick y Harry) con el objeto de poner en práctica una fuga masiva, de cuantas más personas mejor. Los dos cerebros de la operación son interpretados por Richard Attenborough y Gordon Jackson. Pero quien cava los túneles es Charles Bronson, encarnando a un oficial que padece claustrofobia, y que las pasa canutas con los derrumbamientos que a veces se producen. Los demás personajes son Donald Pleasance, el falsificador cuya visión se va deteriorando; James Garner, el astuto proveedor que emplea todas sus artes en conseguir todo el material y suministros necesarios para la empresa, y cómo no, el carismático Steve McQueen, al que bautizan como “el rey del calabozo” sus compañeros, y que es utilizado como “liebre” de la fuga, siendo recapturado siempre. Un argumento extraordinario, aderezado con una fantástica banda sonora, a cargo de Elmer Bernstein.

 

 

Pero si hay un personaje que me parece entrañable en esta película, ése es sin duda el ingenioso falsificador, interpretado por Donald Pleasance. En particular, por dos aspectos de su personalidad que me cautivan. En una secuencia aparece jugando distendidamente al ajedrez con el proveedor James Garner, mientras toman el té. Y en otra secuencia, en realidad mi secuencia favorita de todo el film, explica a sus compañeros prisioneros, reunidos todos en uno de los barracones, la biología, canto y costumbres del pájaro verdugo, con un fabuloso dibujo del ave como fondo en una pizarra. Se trata de un versado ornitólogo, que disecciona con habilidad la especie Lanius Nubicus (alcaudón núbico), una ave de la familia Laniidae, que recibe su mote de pájaro verdugo por su fea costumbre de empalar a sus presas en espinos, y en alambres u otra suerte de elementos punzantes. Esta costumbre en la familia de los alcaudones se debe a que son aves de potentes garras y pico, pero que no ostentan el poderío de aves mayores (como las aves rapaces), y que clavan a la presa en el pincho para poder desgarrarla, aprovechando para almacenar en él una despensa para el crudo invierno. En la península ibérica existen tres especies de alcaudones: el dorsirrojo, el real, y el común. Son aves bonitas, que cada vez escasean más. En cualquier caso, esta secuencia de la clase de dibujo y ornitología que ejecuta el falsificador, le da un toque de encanto a la película, y ejemplifica la afición tan inglesa por las aves de jardín, que el hermano del actor Richard Attenborough, David, supo transmitir en los estupendos documentales de ornitología de la BBC. Comparto la susodicha secuencia en video.

 

 

Luz que agoniza.

 

El director Georg Cukor fue el autor de los angustiosos 114 minutos de metraje de la película Gaslight (Luz que agoniza), en la que no agonizan sólo las luces de gas, sino también la cordura de la protagonista, Paula Alquist (Ingrid Bergman).

Este film, clasificable tal vez como cine de intriga, nos presenta un ambiente fuertemente opresivo y escalofriante. Paula Alquist es cortejada por un hombre completamente posesivo, en una relación tóxica de película, Gregory Anton (Charles Boyer), que está más interesado en la casa londinense de la protagonista que en ella misma. La historia que esconde Anton es que en realidad él no es otra cosa que un ladrón yo diría psicópata y frío, que unos diez años antes había asesinado a la tía de Paula, en un fallido intento de robar sus joyas, de gran valor.

 

 

Anton registra con gran dedicación toda la casa, al mismo tiempo que trata de convencer a Paula y a sus criados de que ella está loca. Vamos, un hijodeputa de campeonato, que cuando ves la película te dan hasta ganas de arrearle unas hostias hasta despeinarlo. Las intenciones de Anton pasan por tener controlada su mujer, mientras busca desesperadamente las joyas por toda la casa, que son el único contenido de la misma que le atrae.

Las maquinaciones de Anton son desenmascaradas por un agente de Scotland Yard, Brian Cameron (Joseph Cotten), que como no podía ser de otra manera, se enamora de la chica que salva del martirio (una Ingrid Bergman que se sale en su papel y que recibió una estatuilla por su interpretación en los Óscar).

 

 

El film es muy entretenido, aunque muchas veces te dan ganas de hacer algo, oséase, darle su merecido a ese mamón. Aunque el argumento no es de 10, sí lo son las magníficas interpretaciones del reparto, en el que debuta Angela Lansbury en el cine, caracterizando a una respondona sirvienta. La evocación de la persecución y la paranoia en esta película, hacen de Luz que agoniza un entretenimiento que engancha desde el primer minuto, y que te mantiene en vilo durante todo el metraje, al estilo de los films de cine negro que por aquel entonces estaban tan de moda.

Con la muerte en los talones y la trolleada de Alfred Hithcock

 

Aquella en apariencia inocente escena de dos personas, una un hombre, por más señas, Cary Grant, y la otra una mujer, más concretamente Eve Marie Saint, que coinciden en la misma mesa del vagón comedor del expreso de Chicago, en la que ella le dice lindezas como que una trucha de río aparcará bien en el estómago de él, pues él le ha comentado que le ponen muchas multas de aparcamiento, y donde él se autopresenta como Roger O. Thornhill, ejecutivo de publicidad, es en realidad una trolleada de Alfred Hitchcock a su anterior productor (David O. Selznick). Más aún, Alfred pone en boca de Grant la respuesta “Nada”, ante la pregunta de su “improvisada” compañera en la mesa “¿Qué significa la O?”.

 

 

Trolleos aparte, Con la muerte en los talones es quizás el mayor elemento de diversión creado por Hitchcock. Para mí tiene un valor especial, pues fue la primera película que vi en color, en aquellos televisores voluminosos en los que era fácil saturar los colores y verlos muy vivos. Y aquella primera vez que la disfruté fue por hacerlo con personas que han representado mucho para mí.

 

 

Esta película es un circo en sí misma. Roger Thornhill, caracterizado por un Cary Grant en la cúspide de su carrera, con mucho encanto e ingenio en sus contestaciones, es confundido con otra persona, un agente secreto al servicio del gobierno (Sr. Kaplan) que deambula de hotel en hotel tras la pista de una organización de espionaje, cuyo cabecilla interpreta James Mason, secundado por un siniestro y frío Martin Landau, clavadito al ajedrecista Bobby Fischer, y es perseguido no sólo por la policía tras cargársele el muerto de un diplomático de las Naciones Unidas, sino también por la propia organización de espías, que preferirían verlo fiambre antes que deambulando de un lado para otro tras ellos. En medio de todo este barullo aparece el pibón (Eva Marie Saint), que interpreta el papel de Eva Kendall, y cuyo tira y afloja a favor de los malos y de los buenos después va a ser el hilo conductor del transcurso de la acción.

 

 

Quedando para la historia las famosas escenas de la avioneta fumigadora y de la persecución en las caras del Monte Rushmore, Alfred Hitchcock tocó techo con este film en su período dorado en el año 1959, con uno de los mejores guiones jamás escritos (a cargo de Ernest Lehman) y con una banda sonora que no le tiene nada que envidiar a las de Psicosis y Vértigo. ¡Cuántas veces he pasado un buen rato revisionándola! Incontables.

 

 

El hombre tranquilo

 

John Ford es ante todo conocido por sus análisis de la historia americana, pero también despuntan en su producción una serie de films en los que se recrea en sus orígenes celtas, películas como Qué verde era mi valle o El hombre tranquilo, son ejemplos, ambas de marcado corte costumbrista, pero muy entretenidas.

 

 

El hombre tranquilo es quizás el mayor exponente dentro de esta serie. Con una trama tragicómica, este film se centra en el regreso de Sean Thornton (John Wayne) a su Irlanda natal, procedente de la emigración a América. A su vuelta se enamora de Mary Kate Danaher (Maureen O’Hara), con la que mantiene una relación con muchos altibajos, alcanzando la película su clímax en la escena final de su pelea con el hermano de Mary Kate, Will Danaher (Victor McLaglen), un ex boxeador que se niega a darle al retornado la dote de su hermana. A pesar de la connotación machista que este detalle podría tener, sin embargo, como dije al principio, la película hay que contextualizarla a la época a la que se refiere, sólo se ciñe a las costumbres de entonces. Los tiempos han cambiado, y creo que para mejor. El film termina con ambos hombres borrachos como cubas, y haciéndose amigos, accediendo Will a la boda. Mary es más que un objeto de disputa. Quiere a Sean, pero no puede confrontarse con la voluntad de su hermano.

 

 

Como es característico de Ford, se combina una fotografía muy pintoresca y paisajes de gran belleza con los caracteres propios de la vida en el pueblo, con un resultado verdaderamente muy entretenido y a veces hasta gracioso, al explotarse la vis cómica de Wayne, en teoría un tipo duro, pero en el fondo sensiblero.

Cabe reseñar que Maureen O’Hara fue amiga íntima durante toda su vida de John Ford y de John Wayne, del que llegó a opinar “Wayne fue un verdadero hombre […] dénme un hombre como John”. Sin embargo, aunque el público siempre pensó que ambos actores estuvieron casados, y aunque ella contrajo tres veces matrimonio, nunca lo hizo con John, y fue bastante desgraciada. Como curiosidad, se puede comentar además que las facciones de Dale, la compañera de Flash Gordon en el cómic en 1958, están basadas en las facciones de Maureen O’Hara.

Laura

 

A veces no basta con ser adorado y admirado por hombres y mujeres, respectivamente. La felicidad de una mujer no es sólo éso. Existen más factores en la vida. La joven diseñadora Laura Hunt (la bellísima Gene Tierney, guapa donde las haya) no es el atractor de la película, tampoco su amiga de la alta sociedad Ann (Judith Anderson), así como tampoco lo es su pretendiente Shelby (a cargo de Vincent Price), tampoco el policía Mark McPherson (Dana Andrews), que se enamora platónicamente de la chica guapa, más concretamente de su fantasma. El amanerado y jovial escritor y radiofonista Waldo Lydecker (Clifton Webb) es quien realmente forma en torno de él una tremenda fascinación, siendo el protector de Laura, haciéndola famosa, y obsesionándose con su vida como si le perteneciera.

 

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El film Laura, dirigido por Otto Preminger, es un raro combinado de cine noir, melodrama, y thriller. Algunas de las escenas más memorables son cuando Ann explica a Laura por qué Shelby debería ser su partenaire (“Ambos somos perdedores”); o cuando se produce la cita romántica en la comisaría, que bajo las luces del interrogatorio sirve para que Mark vea por sus propios ojos el aura inigualable de la Tierney en su papel de Laura; o cuando Lydecker revela a Laura astutamente todo el conjunto de defectos de Shelby, así como que él está cenando con Ann cuando ella pretende llamarle. “Está cenando con Ann, ¿no lo sabías?”. Lydecker no adora a Laura. Simplemente es un hombre que desearía ser mujer. ¿Quién no?

 

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Casablanca.

 

 

Si hay una película que haya dejado una huella imborrable en todos los cinéfilos amantes del cine clásico ésa es sin duda Casablanca, que obtuvo en el año 1942 el Óscar a la mejor película, el mejor guión y el mejor director (Michael Curtiz), y fue merecedora asimismo de cinco nominaciones más (actor principal, actor de reparto, fotografía, montaje y banda sonora). Al menos es sin lugar a dudas el film que ha generado más fanatismo entre los innumerables seguidores del cine de la época dorada de Hollywood. Este melodrama romántico fue hilvanado en los estudios de la Warner, de moda en aquella gloriosa década, que fueron convertidos en la fastuosa ciudad norteafricana. Se trata de la película que aporta más frases, clichés y actores de culto de entre los rodados en aquel decenio.

En su papel de Rick (“de todas las tabernas…”), Humphrey Bogart, y en el de Ilsa, Ingrid Bergman (“sé que no tendré fuerzas para dejarte otra vez”), recrean en su imaginación con el son de la melodía de “As times goes by” de fondo, los días de vino y rosas que vivieron juntos en París, antes de que la cruel guerra desmoronase el mundo (“el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”). Pero para muchos entendidos la interpretación que realmente se sale es la del secundario Claude Rains en el papel de Renault, que a pesar de su malicia, cinismo y desenfado es un romántico de primera, como queda patente en la escena en la que Rick le dice la famosa frase que cierra el metraje (“esto podría ser el principio de una bella amistad”).

 

 

También es destacable el gran número de secundarios que asisten como concurrencia a Rick’s Cafe Americain, entre los que podríamos citar al evadido Victor Laszlo de Paul Henreid, el estafador Ugarte que interpretó Peter Lorre, quien reconoce que pone su confianza en Rick porque éste lo desprecia, o el mayor nazi Strasser de Conrad Veidt, el noble Sam de Dooley Wilson, o el empresario Ferrari, que trata de conseguir los servicios de aquél para su negocio. Puede parecer de perogrullo, pero si los extras no fueron los que fueron, esta película no sería lo mismo, hasta su elección se hizo bien.

Infringiendo los cánones del pulso narrativo y como fruto de una improvisación continua, Curtiz entretejió en torno al nudo de la escena del flashback a los días de París, una historia complicada, pero con mucho gancho. Según se dice, el guión se reescribía todos los días que duró el rodaje, y los actores no conocieron el desenlace hasta que realmente lo interpretaron.

…Y termina Casablanca una vez más, y a todos nos queda una rémora en las sienes, un runrún en la cabeza picando a cincel la pregunta de que sería de los personajes en su vida en los lacerantes y tempestuosos años que vinieron después de la bella historia que nos presenta.