Archive for the ‘ Libros ’ Category

La isla del tesoro

 

 

Publicada en el año 1979 en su cuarta edición por la editorial Afha, esta novela gráfica del clásico “La isla del tesoro” del autor Robert L. Stevenson, representó para mí el descubrimiento de la historia que eligen más personas para iniciarse en la lectura de novelas de aventuras. Me encantaba este libro. Y lo cogía casi una vez por semana en la biblioteca de la escuela. Este cómic me transportaba a la historia de corsarios por antonomasia, si bien Stevenson, que fue un fecundo escritor, y que se retiró en sus últimos años en el paraíso perdido del archipiélago de Samoa, por aquel entonces colonia portuguesa, en su villa Vainilla de Samoa, fue el autor asimismo de una buena cantidad de relatos de aventuras muy bien tramados, para lo que empleaba un estilo literario caracterizado por no pararse excesivamente en las descripciones, y dotar a sus personajes de continua acción. Otra novela suya de este estilo es “Las aventuras de David Balfour“, en la que se narran las aventuras de un joven cuyos padres han muerto, y que tiene que ganarse la vida mediante su ingenio, escapando para ello de la presión de unos secuestradores. Maravillosos relatos que te pueden alegrar una tarde sentado en una butaca junto al fuego.

 

 

Colección Cómo hacer, de la editorial Plesa.

 

 

 

Durante la década de los años 70, la editorial Plesa publicó en sucesivas ediciones la colección Cómo hacer. Como hoy va la cosa de nostalgia, me he tomado la libertad de reproducir aquí las portadas de algunos de los ejemplares de la colección que poseo. Para mí supusieron el despertar a la lectura, ya a finales de los 70 y principios de los 80 (mucho ha llovido desde entonces). Y era fanático de esta colección. Era de Cómo hacer a muerte, y lo sigo siendo.

 

Créditos de las imágenes: colección Cómo hacer, editorial Plesa.

 

 

 

Amarga locura, por Dave Mistery

 

 

“En la proximidad de fechas navideñas, se ve perturbada la normalidad de un centro psiquiátrico de Manchester. Un paciente ingresado fallece en su cama. No parece haber nada extraño en su muerte y así lo cree, en un inicio, la policía. El eficiente inspector Evans debe encargarse de cerrar rápido el asunto para poder prestar más atención a casos realmente importantes. Sin embargo, a medida que avanza en la investigación, el caso se va complicando. Esa muerte, la de un “pobre diablo” que apenas importa a nadie, se torna en un misterio incomprensible. Evans, con ayuda del metódico inspector jefe McPhee, un hombre con dificultades para conciliar la labor profesional con su familia, intentará desentrañar las numerosas incógnitas que se le van presentando. Si te gusta la novela policíaca con interrogatorios, intriga y giros de guión, no dejes de leer Amarga locura“.

Éste es el texto con el que el autor escondido tras el seudónimo Dave Mistery nos presenta su primera novela. Personalmente, a un adorador como soy de las sagas de detectives y de intriga (Poirot, Miss Marple, Sherlock Holmes y el padre Brown) me parece de entrada muy interesante para pasar parte del mes de agosto a la sombra de un plátano con un vaso de tinto de verano bien frío. Es más, puesto que los autores noveles necesitan el apoyo de los lectores, ya tengo pedido mi ejemplar, que pronto llegará a casa. Muchísima suerte señor Mistery. Que venda Vd. muchos ejemplares.

 

Amarga locura

 

 

Una bonita forma de empezar el año

 

 

Adoro la edición de la editorial Valdemar de la novela infantil El viento entre los sauces, escrita por el escritor escocés Kenneth Grahame en el año 1908. Originalmente comenzó como un relato que Kenneth escribió a su hijo de cuatro años Alistair, cuando su madre tuvo que ausentarse durante cierto tiempo de su compañía.

 

 

Se trata de un relato en el que se plasma el ambiente bucólico de la campiña inglesa, la vida rural sencilla, cargado de poesía, camaradería entre los personajes, que son todos animales, amistad, humor y aventura. Un compendio de valores educativos para los niños y con lectura inclusiva para los adultos. Al igual que pasa con clásicos como El principito o Winny de Pooh, admite la lectura de una persona de mayor edad, y en este caso, se observa en los personajes la representación fidedigna de la sociedad clasista que había entonces y que todavía pervive.

 

 

En conjunto, los personajes viven libres de grandes preocupaciones, lo que me recuerda la fabulosa edad de la infancia, en la que los humanos no sufrimos los grandes problemas de la edad adulta (ganarse la vida, la salud, la conciliación de vida personal y laboral, el sexo).

 

 

Con todo, esta preciosa novela, que fue adaptada al cine y a los dibujos animados en numerosas ocasiones, con las maravillosas ilustraciones originales de E. H. Shepard, aunque otros muchos ilustradores se atrevieron con el reto, y cuya publicación fue inicialmente rechazada por varias editoriales, se convirtió por derecho propio en una de los relatos infantiles de culto más republicados y leídos durante el siglo XX.

 

 

Créditos de las imágenes: El viento entre los sauces, Kenneth Grahame. Editorial Valdemar.

 

Psicopatía vs. Inteligencia emocional, por María José Hermida.

 

 

Un libro que no defrauda y que nos introduce en la mente fría y ausente de emociones de los psicópatas, seres verdaderamente malignos que sólo traen sufrimiento a las personas con las que les toca en suerte relacionarse. La autora no deja una puntada sin coser en este manual sobre la inteligencia emocional y su empleo como técnica para lidiar con el trato que dispensan estos elementos dañinos de nuestra sociedad, que por desgracia saltan a los tabloides y medios de comunicación envueltos con su aura de demonios casi todos los días.

Aún así, existen muchos psicópatas disfrazados, perfectamente camuflados entre la muchedumbre, dispuestos a desarrollar su maldad normalmente sobre las personas que ven más vulnerables. Son personas bien integradas, muy frías y muy retorcidas, que cuando quieren hacer daño lo pueden lograr, a no ser que los hayamos identificado antes en su condición y sepamos cómo manejarlos. En las 108 páginas de este libro, que se lee prácticamente del tirón, la autora desgrana distintas tipologías de psiques que no tienen nada que ver con los psicópatas, pero que son potencialmente buenas víctimas para ellos. Así, nos habla de los diagnosticados como PAS (Personas con alta sensibilidad), aquellas personas que absorben como una esponja todo lo que sucede en cada instante de su vida, que tienen un sistema nervioso altamente sensible, y que pueden llegar a sufrir mucho cuando un psicópata se ceba con ellos. Los diagnosticados como PAS se distribuyen como un 20% de la población, al tiempo que los psicópatas lo hacen con un 3%, lo que prueba por un lado que en general el mundo no es malo del todo, y por el otro que los que son verdaderamente malos hacen ruido por todos los que son buenos, que son muchos más (abstrayendo de esta interpretación cualquier tinte maniqueísta y hablando muy a grosso modo). La autora nos provee de recetas para mejorar nuestra inteligencia emocional, que pasan por la práctica del mindfulness, el yoga, la “psicología meta”, y otras técnicas, que nos permiten con su uso la aprehensión de cada instante de una forma conservadora y saludable para nosotros, permitiéndonos encarar el trato con los psicópatas.

Se trata de un fabuloso libro, que me ha gustado un montón. Toda una clase magistral de la autora, que en honor a la verdad es capaz de tocar todos los palos del conocimiento, como ya ha demostrado de manera manifiesta en su dilatada carrera como docente, investigadora postdoctoral, y escritora.
Chapó.

 

Mujeres extraordinarias (II). Ada, la encantadora del número.

 

 

Leí la primavera pasada un entretenido libro titulado El algoritmo de Ada. Como se puede deducir fácilmente, se trata de una biografía de quien el matemático y pionero de la computación, Charles Babbage, conocía como la encantadora de números, un bello mote para una chica.

La encantadora de números, de forma más precisa, la encantadora del número, no era otra que la condesa Lady Ada Augusta Byron Lovelace, la única hija legítima del poeta inglés del Romanticismo George Gordon Byron, 6º Barón de Byron, más conocido como Lord Byron.

Se trata de un encanto de mujer, con suficiente entidad en sí misma como para dedicarle de manera exclusiva una buena biografía. Un torrente de imaginación, lo que pudo heredar en parte de su padre. Claramente de hemisferio derecho dominante, tal y como él fue, aunque de su madre también heredó un poderoso raciocinio. Vamos, prácticamente ambidiestra, pero tendiendo al lado derecho.

Su padre era un vividor. Impulsivo. Derrochador. Pura imaginación sin control. Algo loco diría yo. Encumbrado en el continente y en las Islas. Hasta que se supo que tuvo relaciones incestuosas con una medio hermana. Entonces, en el continente lo bajaron del pedestal, pero en Gran Bretaña lo siguieron venerando. Murió arruinado, después de contraer la malaria, a los 36 años, en un exilio autoimpuesto, y convertido en un paria social.

Corrían los tiempos del Romanticismo. Ada fue criada por su madre. A su padre nunca lo conoció. Su madre trató por todos los medios que estuvieron a su alcance de eliminar el virus del desorden en ella, que tan malos resultados le habían acarreado a su padre. Para tal menester, ella misma le inculcó la formación básica, de una manera muy meticulosa. Contó además con la intervención de un buen profesor particular, Augustus de Morgan. Augustus de Morgan es el descubridor de las leyes lógicas que llevan su nombre (el negado de la disyunción es la conjunción de los negados, y a su vez el negado de la conjunción es la disyunción de los negados).

Ella despuntaba. Era muy brillante. Participó activamente en las reuniones sociales de la época, a las que asistían personalidades como Charles Dickens, Charles Darwin, y el propio Charles Babbage. Y se relacionó con otra gran mujer, la matemática Mary Sommerville, otra lumbrera como ella. En el libro se llega a sostener de manera completamente fundada que Babbage, quien ingenió la máquina de diferencias y la máquina analítica, si bien nunca llegó a terminar de construirlas, no hubiera bajo ningún concepto llegado a donde llegó sin el empeño, la tenacidad, la insistencia, y la luz de ella. El infeliz de Babbage era lo que sería hoy en día un friki, eliminando de esta palabra por completo cualquier intención peyorativa.

Vivía recluido con sus engranajes e interactuaba de una manera muy curiosa con sus contemporáneos. Se burlaban de él. En la calle en la que vivía Babbage se formaban tumultos y corrillos de personas para darle la vara con ruidos, y él éso lo llevaba muy mal.

La principal contribución que en algunas fuentes se atribuye a Ada Augusta fue el concepto de algoritmo. Un algoritmo es una descripción heurística de un procedimiento para resolver un problema concreto. Estas líneas que estás leyendo viven en la world wide web gracias a la codificación en código PHP de ciertos algoritmos, interactuando con una base de datos relacional, en cuyo motor están implementados otros algoritmos. Así pues, las ideas en las que trabajó Ada fueron fundamentales para nuestra actual sociedad de la información. Fue una de las primeras personas que imaginó cómo se podría programar una máquina de propósito general. A él no le hicieron mucho caso en vida. Viajó a Italia, donde encontró algunos apoyos para sus ideas, y en París consiguió un retrato hilvanado con los telares de Jacquard, que en realidad consistían en uno de los primeros automátas mecánicos trabajando en bucle según una determinada secuencia de operaciones.

El final de Ada fue triste, en realidad todos los finales lo son. Contrajo un cáncer de útero. Por aquel entonces, el único medio para combatir el dolor era el laúdano, que no era otra cosa que opio mezclado con brandy, antes de que se descubriera el cloroformo y la morfina, y que provocaba pérdidas de consciencia. El día de su muerte pidió a Charles Dickens que la fuera animar con algún relato. Fue una mujer extraordinaria, muy adelantada a su tiempo. No entraré en ninguna controversia en relación a la paternidad o maternidad de la idea de algoritmo. Babbage tenía que conocer de sobras lo que él estaba creando, de modo que no le quito mérito a ninguno de los dos. Tanto Ada como Babbage tienen la suficiente entidad como para figurar como pioneros de la ciencia de la computación.

 

Lolita.

 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita. […]

 

Comienzo del capítulo 1 de Lolita, de Vladimir Nabokov.

 

La granja de Ngong.

 

 

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles de Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. […]

 

Comienzo del capítulo 1 de Memorias de África, escrito por Karen Blixen, uno de cuyos seudónimos fue Isak Dinesen. El escritor Ernst Hemingway dijo que era a élla a quien le tenían que haber dado el Nóbel, con toda la razón del mundo.