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Probando ChatGPT: le solicito una redacción sobre el «Tratado de la belleza y las confituras» de Michel de Nostradamus.

 

La gente de la vieja escuela, en la que tengo el honor de incluírme, no poseíamos ninguna herramienta o caja mágica o genio de la lámpara al que le pedías una cosa y te la daba. Por éso, se me hace muy antinatural el escribirle a ChatGPT, para que me haga una redacción. Siempre se me ha dado muy bien redactar, y creo que la modernidad sí va a hacer a buena parte de la sociedad más dependiente de la tecnología, y por ende, más cómoda y poco creativa. Porque es demasiado buena esta herramienta, o al menos, da un resultado que a mi parecer está ya a puntito de pasar el test de Turing, si no lo pasa ya a día de hoy. Entonces, ¿qué pintamos aquí los humanos?¿Vamos a dejar que unas máquinas entrenadas nos quiten nuestro puesto privilegiado, el más alto en la evolución de las especies que pueblan la Tierra?¿Acaso la IA ya no supera a los humanos medios en capacidades intelectuales?.

Por lo que a mí respecta, no voy a dar mi brazo a torcer tan fácilmente. Nunca un chip de Silicio será más maleable y flexible que una red de neuronas. Por lo tanto, seguiré exprimiéndolas, y las IA las reservaré para trabajos rutinarios. Hoy voy a hacer una excepción. Como no tengo muchas ganas de buscarme la vida en esta entrada, voy a reproducir la redacción que le acabo de pedir a ChatGPT: un texto sobre el libro «Tratado de la belleza y de las confituras», escrito por Michelle de Notre Dame, más conocido por Michel de Nostradamus. De Nostradamus el individuo lego en historia medieval desconoce que más que un profeta (famoso por sus profecías) fue un boticario, que como tal, conocía lo que los sabios de Oriente, África y Europa, sabían de las hierbas, plantas, cultivos y productos medicinales, la antigua farmacopea, que aglutinaba el saber práctico y empírico de la humanidad relativo a la medicina desde la más remota noche de los tiempos. Y aquí dejo esa redacción y unas fotografías del facsímil de esta obra, que tengo el gusto de tener en mi colección de libros, pues amén de ratón de biblioteca, he de admitir que también soy bibliófilo.

 



 

Redacción que me propone ChatGPT:

‘El libro «Tratado de la belleza y de las confituras», escrito por Michel de Nostradamus en el siglo XVI, es una obra poco conocida del famoso astrólogo francés, que se aleja de sus célebres profecías para adentrarse en el mundo cotidiano de la medicina, la cosmética y la gastronomía. Este tratado, cuyo título completo en francés es «Traité des fardemens et confitures», fue publicado por primera vez en 1555, y revela una faceta práctica y humana del autor que muchos desconocen.

En esta obra, Nostradamus reúne una serie de recetas y consejos relacionados con el cuidado de la piel, la elaboración de perfumes y productos de belleza, así como fórmulas para preparar mermeladas, confituras y dulces. Como médico y boticario, su conocimiento de hierbas, minerales y métodos de conservación le permitió crear un compendio útil tanto para la salud como para el deleite de los sentidos.

El libro se divide en dos partes principales. La primera se enfoca en fórmulas cosméticas, con recetas para mejorar la apariencia, suavizar la piel, eliminar manchas y conservar la juventud. Aunque algunas de estas recetas puedan parecer extrañas o poco aplicables hoy en día, reflejan el conocimiento médico de la época y el interés por el cuerpo como un todo.

La segunda parte del tratado se centra en la preparación de confituras, jaleas, frutas en conserva y otros manjares dulces. En una época donde conservar los alimentos era un verdadero desafío, estas técnicas eran valiosas. Nostradamus detalla cuidadosamente los pasos, los ingredientes y los tiempos de cocción, dejando ver su rigurosidad científica.

Este tratado demuestra que Nostradamus no era únicamente un vidente o profeta, sino también un hombre de ciencia, atento a las necesidades cotidianas de las personas. Su capacidad para combinar el saber práctico con el médico hace de esta obra un testimonio fascinante del Renacimiento y del pensamiento humanista de la época.

En resumen, Tratado de la belleza y de las confituras es una obra curiosa, versátil y reveladora. Nos permite conocer una dimensión distinta de Nostradamus, menos mística pero igualmente admirable: la del hombre preocupado por el bienestar físico y el placer sensorial, un verdadero testimonio del espíritu renacentista’.

 





 

Colección Cómo hacer, de la editorial Plesa. (III).

 


 

Tercera y última entrega de las maravillosas portadas de la colección Cómo hacer. Porque en el fondo todos llevamos un niño dentro.

 


 

Rubaiyat. Cuarteta XXI.

 

¿Cuándo nací?,
¿cuándo moriré?
Nadie recuerda el día de su
nacimiento ni es capaz de prever
el de su muerte.

¡Ven, dócil bienamada!
Quiero olvidar en la embriaguez el
dolor de nuestra ignorancia.

 

Omar Khayyám

 

Colección Cómo hacer, de la editorial Plesa. (II).

 


 

Segunda entrega de las preciosas portadas de la colección Cómo hacer. Y sabiendo que lo único que existe es el ahora, aunque también es perfectamente lícito recrearse en los buenos momentos del pasado.

 


 

Rubaiyat. Cuarteta XX.

 

Fugaces son nuestros días y huyen
como el agua de los ríos y los vientos
del desierto.

Pero, dos días me dejan indiferentes:
el que ayer murió y el que
mañana aún no ha nacido.

 

Omar Khayyám

 

Bertrand Russell, un hombre para el recuerdo.

 

Comparto aquí en esta web, con los oportunos créditos, un hermoso texto extraido del libro El cánon científico, del autor José Manuel Sánchez Ron, que hace alusión al gigante intelectual que fue Sir Bertrand Russell, que me ha mostrado la talla humana de este gran hombre, y que me ha causado una honda emoción.

«…En este punto es preciso detenerse un momento, para señalar que Bertrand Russell es, ciertamente, un miembro de pleno derecho del selecto y reducido club de cualquier canon de la ciencia. Acaso no tanto por los resultados que obtuvo, sino por la ambición y amplitud de intereses que demostró durante su larga vida. Nos dejó libros extraordinarios, sobre matemática, física, filosofía, política y sociología (sin olvidar su bella autobiografía), que se pueden leer hoy igual que cuando fueron publicados. Estaban, además, magníficamente escritos (Russell fue premio Nóbel de Literatura, aunque la decisión de la Academia Sueca pueda ser discutida). Hay unas línas que abren su autobiografía que a mí me conmueven siempre que las leo. No quiero dejar de recordarlas aquí:

BERTRAND RUSSELL, AUTOBIOGRAPHY (1967)

Tres pasiones, simples pero irresistiblemente fuertes, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento, y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones me han llevado, como grandes vendavales, de aquí para allá, por un caprichoso camino, a través de un profundo océano de angustia, llegando al mismo borde de la desesperación.

He buscado amor, primero, porque trae éxtasis, un éxtasis tan grande que a menudo habría sacrificado el resto de mi vida por unas pocas horas de esta alegría. Lo he buscado, en segundo lugar, porque mitiga la soledad, esa terrible soledad en la que nuestra temblorosa conciencia mira, más allá del límite del mundo, al frío, insondable y sin vida abismo. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una mística miniatura, una protovisión del cielo que los santos y los poetas han imaginado. Esto es lo que busqué, y aunque puede parecer demasiado bueno para la vida humana, esto es, al menos, lo que he encontrado.

Con igual pasión he buscado conocimiento. He deseado comprender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de comprender el poder pitagórico mediante el cual el número domina el flujo. Un poco de esto, aunque no mucho, he logrado.

Amor y conocimiento me transportaron, tanto como fue posible, hacia los cielos. Pero la piedad siempre me trajo de regreso a la tierra. Reverberan en mi corazón ecos de los gritos de sufrimiento. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desamparados que constituyen una odiada carga para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y sufrimiento hacen que la vida parezca una burla de lo que debería ser. Ansío aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Ésta ha sido mi vida. He encontrado que merece la pena vivirla, y alegremente la viviría de nuevo si se me diese la oportunidad.»

 

Créditos: El canon científico, José Manuel Sánchez Ron.

 

Aeromodelismo, veleros

 

 

Publicado en el año 1966 en su primera edición, el libro Aeromodelismo, veleros ofrecía a los chavales de los 70 y 80 todo un compendio de las técnicas de construcción de aeromodelos veleros, esto es, artefactos voladores a escala que únicamente emplean las térmicas del aire para ascender y planear. Me gustaba tanto esta afición que llegué a montar el aeromodelo Campamental. Se trata de un modelo para iniciados en el aeromodelismo, que recibe su nombre del hecho de que se solía enseñar a construir en los campamentos de verano que había por aquellos tiempos.

Era una afición que requería mucha paciencia, aunque los materiales no eran caros, y que te enganchaba desde que comenzabas a trabajar en un modelo. No creo que exista ni una sola persona que en algún momento de su vida no se haya maravillado con el vuelo de pájaros o aviones.

 

 

La isla del tesoro

 

 

Publicada en el año 1979 en su cuarta edición por la editorial Afha, esta novela gráfica del clásico «La isla del tesoro» del autor Robert L. Stevenson, representó para mí el descubrimiento de la historia que eligen más personas para iniciarse en la lectura de novelas de aventuras. Me encantaba este libro. Y lo cogía casi una vez por semana en la biblioteca de la escuela. Este cómic me transportaba a la historia de corsarios por antonomasia, si bien Stevenson, que fue un fecundo escritor, y que se retiró en sus últimos años en el paraíso perdido del archipiélago de Samoa, por aquel entonces colonia portuguesa, en su villa Vailima de Samoa, fue el autor asimismo de una buena cantidad de relatos de aventuras muy bien tramados, para lo que empleaba un estilo literario caracterizado por no pararse excesivamente en las descripciones, y dotar a sus personajes de continua acción. Otra novela suya de este estilo es «Las aventuras de David Balfour«, en la que se narran las aventuras de un joven cuyos padres han muerto, y que tiene que ganarse la vida mediante su ingenio, escapando para ello de la presión de unos secuestradores. Maravillosos relatos que te pueden alegrar una tarde sentado en una butaca junto al fuego.

 

 

Colección Cómo hacer, de la editorial Plesa.

 

 

 

Durante la década de los años 70, la editorial Plesa publicó en sucesivas ediciones la colección Cómo hacer. Como hoy va la cosa de nostalgia, me he tomado la libertad de reproducir aquí las portadas de algunos de los ejemplares de la colección que poseo. Para mí supusieron el despertar a la lectura, ya a finales de los 70 y principios de los 80 (mucho ha llovido desde entonces). Y era fanático de esta colección. Era de Cómo hacer a muerte, y lo sigo siendo.

 

Créditos de las imágenes: colección Cómo hacer, editorial Plesa.

 

 

 

Amarga locura, por Dave Mistery

 

 

«En la proximidad de fechas navideñas, se ve perturbada la normalidad de un centro psiquiátrico de Manchester. Un paciente ingresado fallece en su cama. No parece haber nada extraño en su muerte y así lo cree, en un inicio, la policía. El eficiente inspector Evans debe encargarse de cerrar rápido el asunto para poder prestar más atención a casos realmente importantes. Sin embargo, a medida que avanza en la investigación, el caso se va complicando. Esa muerte, la de un “pobre diablo” que apenas importa a nadie, se torna en un misterio incomprensible. Evans, con ayuda del metódico inspector jefe McPhee, un hombre con dificultades para conciliar la labor profesional con su familia, intentará desentrañar las numerosas incógnitas que se le van presentando. Si te gusta la novela policíaca con interrogatorios, intriga y giros de guión, no dejes de leer Amarga locura«.

Éste es el texto con el que el autor escondido tras el seudónimo Dave Mistery nos presenta su primera novela. Personalmente, a un adorador como soy de las sagas de detectives y de intriga (Poirot, Miss Marple, Sherlock Holmes y el padre Brown) me parece de entrada muy interesante para pasar parte del mes de agosto a la sombra de un plátano con un vaso de tinto de verano bien frío. Es más, puesto que los autores noveles necesitan el apoyo de los lectores, ya tengo pedido mi ejemplar, que pronto llegará a casa. Muchísima suerte señor Mistery. Que venda Vd. muchos ejemplares.

 

Amarga locura

 

 

Una bonita forma de empezar el año

 

 

Adoro la edición de la editorial Valdemar de la novela infantil El viento entre los sauces, escrita por el escritor escocés Kenneth Grahame en el año 1908. Originalmente comenzó como un relato que Kenneth escribió a su hijo de cuatro años Alistair, cuando su madre tuvo que ausentarse durante cierto tiempo de su compañía.

 

 

Se trata de un relato en el que se plasma el ambiente bucólico de la campiña inglesa, la vida rural sencilla, cargado de poesía, camaradería entre los personajes, que son todos animales, amistad, humor y aventura. Un compendio de valores educativos para los niños y con lectura inclusiva para los adultos. Al igual que pasa con clásicos como El principito o Winny de Pooh, admite la lectura de una persona de mayor edad, y en este caso, se observa en los personajes la representación fidedigna de la sociedad clasista que había entonces y que todavía pervive.

 

 

En conjunto, los personajes viven libres de grandes preocupaciones, lo que me recuerda la fabulosa edad de la infancia, en la que los humanos no sufrimos los grandes problemas de la edad adulta (ganarse la vida, la salud, la conciliación de vida personal y laboral, el sexo).

 

 

Con todo, esta preciosa novela, que fue adaptada al cine y a los dibujos animados en numerosas ocasiones, con las maravillosas ilustraciones originales de E. H. Shepard, aunque otros muchos ilustradores se atrevieron con el reto, y cuya publicación fue inicialmente rechazada por varias editoriales, se convirtió por derecho propio en una de los relatos infantiles de culto más republicados y leídos durante el siglo XX.

 

 

Créditos de las imágenes: El viento entre los sauces, Kenneth Grahame. Editorial Valdemar.

 

Psicopatía vs. Inteligencia emocional, por María José Hermida.

 

 

Un libro que no defrauda y que nos introduce en la mente fría y ausente de emociones de los psicópatas, seres verdaderamente malignos que sólo traen sufrimiento a las personas con las que les toca en suerte relacionarse. La autora no deja una puntada sin coser en este manual sobre la inteligencia emocional y su empleo como técnica para lidiar con el trato que dispensan estos elementos dañinos de nuestra sociedad, que por desgracia saltan a los tabloides y medios de comunicación envueltos con su aura de demonios casi todos los días.

Aún así, existen muchos psicópatas disfrazados, perfectamente camuflados entre la muchedumbre, dispuestos a desarrollar su maldad normalmente sobre las personas que ven más vulnerables. Son personas bien integradas, muy frías y muy retorcidas, que cuando quieren hacer daño lo pueden lograr, a no ser que los hayamos identificado antes en su condición y sepamos cómo manejarlos. En las 108 páginas de este libro, que se lee prácticamente del tirón, la autora desgrana distintas tipologías de psiques que no tienen nada que ver con los psicópatas, pero que son potencialmente buenas víctimas para ellos. Así, nos habla de los diagnosticados como PAS (Personas con alta sensibilidad), aquellas personas que absorben como una esponja todo lo que sucede en cada instante de su vida, que tienen un sistema nervioso altamente sensible, y que pueden llegar a sufrir mucho cuando un psicópata se ceba con ellos. Los diagnosticados como PAS se distribuyen como un 20% de la población, al tiempo que los psicópatas lo hacen con un 3%, lo que prueba por un lado que en general el mundo no es malo del todo, y por el otro que los que son verdaderamente malos hacen ruido por todos los que son buenos, que son muchos más (abstrayendo de esta interpretación cualquier tinte maniqueísta y hablando muy a grosso modo). La autora nos provee de recetas para mejorar nuestra inteligencia emocional, que pasan por la práctica del mindfulness, el yoga, la “psicología meta”, y otras técnicas, que nos permiten con su uso la aprehensión de cada instante de una forma conservadora y saludable para nosotros, permitiéndonos encarar el trato con los psicópatas.

Se trata de un fabuloso libro, que me ha gustado un montón. Toda una clase magistral de la autora, que en honor a la verdad es capaz de tocar todos los palos del conocimiento, como ya ha demostrado de manera manifiesta en su dilatada carrera como docente, investigadora postdoctoral, y escritora.
Chapó.

 

Mujeres extraordinarias (II). Ada, la encantadora del número.

 

 

Leí la primavera pasada un entretenido libro titulado El algoritmo de Ada. Como se puede deducir fácilmente, se trata de una biografía de quien el matemático y pionero de la computación, Charles Babbage, conocía como la encantadora de números, un bello mote para una chica.

La encantadora de números, de forma más precisa, la encantadora del número, no era otra que la condesa Lady Ada Augusta Byron Lovelace, la única hija legítima del poeta inglés del Romanticismo George Gordon Byron, 6º Barón de Byron, más conocido como Lord Byron.

Se trata de un encanto de mujer, con suficiente entidad en sí misma como para dedicarle de manera exclusiva una buena biografía. Un torrente de imaginación, lo que pudo heredar en parte de su padre. Claramente de hemisferio derecho dominante, tal y como él fue, aunque de su madre también heredó un poderoso raciocinio. Vamos, prácticamente ambidiestra, pero tendiendo al lado derecho.

Su padre era un vividor. Impulsivo. Derrochador. Pura imaginación sin control. Algo loco diría yo. Encumbrado en el continente y en las Islas. Hasta que se supo que tuvo relaciones incestuosas con una medio hermana. Entonces, en el continente lo bajaron del pedestal, pero en Gran Bretaña lo siguieron venerando. Murió arruinado, después de contraer la malaria, a los 36 años, en un exilio autoimpuesto, y convertido en un paria social.

Corrían los tiempos del Romanticismo. Ada fue criada por su madre. A su padre nunca lo conoció. Su madre trató por todos los medios que estuvieron a su alcance de eliminar el virus del desorden en ella, que tan malos resultados le habían acarreado a su padre. Para tal menester, ella misma le inculcó la formación básica, de una manera muy meticulosa. Contó además con la intervención de un buen profesor particular, Augustus de Morgan. Augustus de Morgan es el descubridor de las leyes lógicas que llevan su nombre (el negado de la disyunción es la conjunción de los negados, y a su vez el negado de la conjunción es la disyunción de los negados).

Ella despuntaba. Era muy brillante. Participó activamente en las reuniones sociales de la época, a las que asistían personalidades como Charles Dickens, Charles Darwin, y el propio Charles Babbage. Y se relacionó con otra gran mujer, la matemática Mary Sommerville, otra lumbrera como ella. En el libro se llega a sostener de manera completamente fundada que Babbage, quien ingenió la máquina de diferencias y la máquina analítica, si bien nunca llegó a terminar de construirlas, no hubiera bajo ningún concepto llegado a donde llegó sin el empeño, la tenacidad, la insistencia, y la luz de ella. El infeliz de Babbage era lo que sería hoy en día un friki, eliminando de esta palabra por completo cualquier intención peyorativa.

Vivía recluido con sus engranajes e interactuaba de una manera muy curiosa con sus contemporáneos. Se burlaban de él. En la calle en la que vivía Babbage se formaban tumultos y corrillos de personas para darle la vara con ruidos, y él éso lo llevaba muy mal.

La principal contribución que en algunas fuentes se atribuye a Ada Augusta fue el concepto de algoritmo. Un algoritmo es una descripción heurística de un procedimiento para resolver un problema concreto. Estas líneas que estás leyendo viven en la world wide web gracias a la codificación en código PHP de ciertos algoritmos, interactuando con una base de datos relacional, en cuyo motor están implementados otros algoritmos. Así pues, las ideas en las que trabajó Ada fueron fundamentales para nuestra actual sociedad de la información. Fue una de las primeras personas que imaginó cómo se podría programar una máquina de propósito general. A él no le hicieron mucho caso en vida. Viajó a Italia, donde encontró algunos apoyos para sus ideas, y en París consiguió un retrato hilvanado con los telares de Jacquard, que en realidad consistían en uno de los primeros automátas mecánicos trabajando en bucle según una determinada secuencia de operaciones.

El final de Ada fue triste, en realidad todos los finales lo son. Contrajo un cáncer de útero. Por aquel entonces, el único medio para combatir el dolor era el laúdano, que no era otra cosa que opio mezclado con brandy, antes de que se descubriera el cloroformo y la morfina, y que provocaba pérdidas de consciencia. El día de su muerte pidió a Charles Dickens que la fuera animar con algún relato. Fue una mujer extraordinaria, muy adelantada a su tiempo. No entraré en ninguna controversia en relación a la paternidad o maternidad de la idea de algoritmo. Babbage tenía que conocer de sobras lo que él estaba creando, de modo que no le quito mérito a ninguno de los dos. Tanto Ada como Babbage tienen la suficiente entidad como para figurar como pioneros de la ciencia de la computación.

 

Lolita.

 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita. […]

 

Comienzo del capítulo 1 de Lolita, de Vladimir Nabokov.

 

La granja de Ngong.

 

 

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles de Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. […]

 

Comienzo del capítulo 1 de Memorias de África, escrito por Karen Blixen, uno de cuyos seudónimos fue Isak Dinesen. El escritor Ernst Hemingway dijo que era a élla a quien le tenían que haber dado el Nóbel, con toda la razón del mundo.

 

El concepto de verdad en matemáticas, por Jesús Mª Landart Ercilla.

 

 

Conozco a Jesús María Landart Ercilla desde el año 2005. Ya entonces me sorprendió su agradable conversación y su calidad de polímata. Era como hablar con una enciclopedia Espasa andante, pero con las emociones de un humano. Me hice amigo enseguida de él. Y desde entonces mantenemos una comunicación fluida mediante medios electrónicos. Es una gran persona y se hace querer desde el minuto cero.

Pero Jesús es mucho más que mi amigo. Estudió ingeniería técnica electrónica, es licenciado en matemáticas y graduado en filosofía, complementado con un Máster en Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia. Nunca o casi nunca bajó del 10 y del primer puesto en su promoción. Es por ello que le tengo un gran respeto. Se trata de quizás uno de los últimos renacentistas que quedan, en una sociedad que valora lo inmediato, lo fácil, lo gratuito, lo que no requiere esfuerzo. Me da miedo incluso destripar aquí su último libro, que en realidad es la versión impresa de su Tesis Fin de Máster en Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia, y que lleva por título «El concepto de verdad en matemáticas». Y es que se frivoliza mucho con el concepto de verdad, y debo reconocer que soy la primera persona en hacerlo.

Es por ello que, ahora que ya lo he presentado, introduzco la reseña del libro usando sus mismas palabras, para no faltar a la verdad.

«La teoría clásica de la verdad matemática afirma que la deducción a partir de axiomas intuitivos es condición suficiente y necesaria para la verdad matemática. Al menos tres crisis importantes a lo largo de los últimos ciento cincuenta años quebraron esta confianza: la irrupción de geometrías no euclídeas, el descubrimiento de contradicciones en el seno de la teoría de conjuntos y la constatación de la existencia de limitaciones intrínsecas en los sistemas axiomáticos. La última esperanza, la posibilidad de encontrar un algoritmo que respondiera a toda pregunta bien formulada, se desvanecía igualmente. Quedaba una concepción mucho más débil de verdad matemática, menos ingenua y de gran riqueza de matices.»

Dejo aquí los enlaces a la versión impresa y a la versión en PDF del libro, para quien lo quiera comprar o descargar. Se trata de un libro que todas las personas que estudian carreras técnicas deberían leer. Porque está muy bien escrito, con mucho rigor. Al leerlo, uno no diferencia si la mente que hay detrás de él es la de un premio Nóbel o la mente de una persona próxima, humana y buena como él lo es.

 

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El gran diseño, el libro polémico de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow

 

 

Hace cosa de dos o tres meses salió al mercado el último libro de Stephen Hawking, con Leonard Mlodinow como coautor. Se trata del libro de divulgación científica “El gran diseño”, y vino acompañado de una gran polémica a escala mundial, aún cuando todavía estaba en las imprentas. Se crearon foros en Internet, los blogs recogían comentarios todos los días, los humanos de todo el mundo esgrimían su más elaborada argumentación para defender su postura personal, a veces había insultos y prepotencia, tanto los religiosos como los ateos se salían de sus casillas. Es natural, es el tema que siempre ha generado más polémica sobre la faz de la Tierra, desde que el mundo es mundo, ha habido guerras santas, abusos de la Iglesia, y también ahora empieza a haber abusos de los no religiosos, que en principio no tienen derecho a privar a nadie de su forma propia de pensar –siempre y cuando no sea de tipo coercitivo, en cuyo caso sí deben tomar medidas-, las ansias de poder han manipulado el libre albedrío y el libre pensamiento de los hombres durante la mayor parte de la historia, pero si los ateos como yo imitamos ahora la forma bárbara con la que la Iglesia se ha manejado como estamento político, en principio no estamos demostrando librepensamiento sino todo lo contrario, que es una dictadura, ni estamos comportándonos dando ejemplo de la buena conducta de la que dicho estamento no hizo gala.

La imparcialidad jamás ha existido. Por mucho que nos abstraigamos de nuestros propios sentimientos a la hora de hablar, siempre, absolutamente siempre, se deja entrever cuál es nuestra verdadera postura ante cualquier tema de discusión. Y esto en realidad es algo fenomenal, puesto que lo contrario indicaría que hemos dejado de ser hombres para convertirnos en máquinas de cálculo. La Naturaleza nos concede al nacer unas cualidades, que en parte son modelables después con nuestra interacción con ella, como prueba el hecho de la epigénesis recién confirmada por la Ciencia. Así pues, aunque en un principio podría parecer que todo nos viene impuesto por Dios (o el Universo para los panteístas como yo), sin embargo ésta no es la realidad, ya que los seres humanos hacemos uso –siempre que nos dejan, claro está, los demás humanos- de nuestro libre albedrío. En principio el futuro es una ilusión que podemos formar en nuestra mente, nosotros sólo notamos el fluir del tiempo por la sucesión de pensamientos que aparecen en nuestro cerebro y por los actos de ellos derivados, con su cronología y orden inherentes, pero las cosas inanimadas están quietas y las cosas móviles se mueven y nosotros no advertimos como se oxidan y deterioran sus moléculas y las nuestras, sólo viendo los cambios que se producen en un reloj o en algún objeto que nos sirva como tal, podemos darnos cuenta de que el tiempo fluye. La gente habla de objetivos y de futuro, de cómo nos irán las cosas y si tendremos suerte. Yo creo que el futuro y el pasado no existen, sino que sólo existe presente, si rememoramos cosas que nos han pasado en épocas anteriores, las seguimos rememorando en tiempo continuo, si nos imaginamos qué haremos dentro de exactamente veinte años también lo estaremos pensando ahora. Por lo tanto, creo muy firmemente en el libre albedrío. Los animales con cierta consciencia e inteligencia tomamos decisiones en nuestro presente. En el momento de tomarlas no sabemos si serán decisiones acertadas o no, a veces las decidimos tirando un dado y otras veces en base a nuestra intuición, sus resultados los conoceremos cuando haya pasado algún tiempo y veamos si la decisión nos reportó beneficios materiales o emocionales o no. La vida es un gran árbol, cuya raíz empieza en nuestro nacimiento y que se va bifurcando a medida que tomamos decisiones. Así pues, los hombres no sólo dependemos de fuerzas extrañas a nosotros, lo que se llamó y sigue llamando Providencia o Dios o Universo, también elegimos nuestro camino en la vida. La idea de Dios surgió como una explicación mística de lo desconocido, pero no una explicación lógica ante los ojos de nuestro limitado cerebro y forma de sentir. Decir que hay una causa primera de todo, que existe desde siempre y que es Dios, es en principio tan absurdo o tan lógico como decir que el Universo existe desde el principio de los tiempos. El Dios en el que creo, que se identifica con el devenir del Universo, es un dios más allá del bien y el mal. Estos dos conceptos, el bien y el mal, solamente residen detrás de nuestras frentes, como todo lo que somos como personas, fuera de nosotros no veo ningún ser que opere basándose en distintas gradaciones de lo que es malo o menos malo o bueno, somos nosotros los que atribuímos a diferentes sucesos el calificativo de bueno o positivo o de malo o negativo. Los Mandamientos de la Ley de Dios son en esencia unos consejos razonables dictaminados por el sentido común que podemos aplicar por imposición cuando todavía no hemos desarrollado nuestro propio código ético personal. Así, hay algo bueno en la religión, con independencia de que los creyentes suelen tener menos miedo a la muerte. Las criaturas vivas que pueblan la Tierra, las que carecen de inteligencia, son seres que no saben distinguir si una cosa es buena o mala, sólo se comportan mediante el empleo de instintos heredados que pervivieron gracias a la selección natural y que muy probablemente fueron adquiridos gracias al concurso del azar. Se me ocurre ahora un ejemplo de esto, por mi afición por la ornitología. El mirlo común (Turdus Merula) es un pájaro de la familia de los Túrdidos, con un canto muy aflautado y agradable, y que suele resonar en nuestros campos cuando para de llover, como si al haberse mojado le entraran las ganas de cantar. El mirlo construye nidos de tamaño proporcionado a sus propias dimensiones físicas, empleando barro para cohesionar las ramitas, a modo de cemento. Qué maravilloso misterio reside en el comportamiento de los pájaros. Las aves se cortejan y construyen un nido, y nunca o casi nunca se apartan de las costumbres propias de su especie, esas costumbres sirven incluso para identificarlas. En las épocas de migración, se reúnen en grandes bandadas, y siguen a un líder. La dinámica de las grandes bandadas sería digna de un interesante estudio matemático. Pero siguiendo con lo que comentaba, … ¿quién le dice al mirlo que debe usar barro para cohesionar el nido?¿Lo ha aprendido?. En realidad yo creo que en parte lo ha aprendido, que en parte lo ha heredado, y que en parte ha tenido suerte. Pienso que los ancestros de los mirlos en algún momento de su evolución biológica, por casualidad, dado que se alimentan de gusanos que suelen habitar el barro o la tierra mojada, arrastraron porque la Providencia así lo quiso una pequeña cantidad de tierra húmeda al nido que estaban construyendo, en el momento justo siguiente a su hora de la comida, y una vez en el nido en construcción, gracias al continuo pisoteo, apareció el milagro de que el nido tenía cohesión. Lo que sucedió después es que los mirlos –o ancestros de ellos- que hacían así sus nidos, obtenían ventaja, por ejemplo porque un nido fuerte no deja caer a sus inquilinos al suelo si éstos son pesados o revoltosos, y por tanto tienen mayores posibilidades de sobrevivir, y entonces entró de nuevo en acción la Providencia, que se encargó de seleccionar en cierto modo aquéllos especímenes que adquirieron tal costumbre dándoles mayores probabilidades de seguir perpetuando su especie. Hasta que la costumbre pasó a formar parte de la misma y quedó registrada de algún modo físico como distintas cadenas de nucleótidos formando genes en su biblioteca genética. Opino que la aparición de la inteligencia humana tuvo también mucho que ver con el azar y con la emergencia de buenas propiedades globales en sistemas complejos. La idea de la evolución de las especies por selección natural es la idea más poderosa, bella y a la vez simple que ha concebido una mente humana. Debió de sentirse muy orgulloso de ella Charles Darwin, uno de los genios indiscutibles de la humanidad, y debió de disfrutar muchísimo su concepción, lo tuvo que pasar verdaderamente en grande. No es para menos. Pero Darwin padeció en vida sentimientos encontrados por culpa de sus ideas, ya que su esposa Enma era una ferviente religiosa, y la concepción de una Naturaleza que se explica a sí misma mediante el concurso de sus leyes propias, sin la participación de ningún ente divino o sobrenatural, que supuso una Revolución Intelectual sin apenas precedentes, y que contradecía lo escrito en la Biblia, no era una idea al gusto de su mujer, como todavía no sigue siéndolo ahora para los seguidores del creacionismo y en general para muchos religiosos del mundo entero. En Estados Unidos no está permitido enseñar religión en los colegios. En su lugar se ha adoptado una solución de compromiso consistente en atribuir un diseño divino de naturaleza teleológica, esto es, orientada al fin, a todas las criaturas que pueblan el Mundo, que son como son porque Dios las diseñó así con un planteamiento “a objetivos”. Y esto es una mentira, a la luz de la Ciencia actual. Si queremos que la Verdad impere en el mundo no podemos consentir las falsedades, siempre y cuando esté claro cuál es la Verdad, existen opiniones científicas de expertos que concuerdan y que en principio pierden más que ganan por el hecho de contar falsedades, es para ellos mejor contar la Verdad. Detrás de la falsedad siempre hay un interés, normalmente para el beneficio de unos pocos. Así pues, el diseño inteligente, que en teoría genera órganos animales perfectos y perfectamente adaptados al empleo que se hace de ellos, cuya perfección no es tal (ojos que ven mal, oídos que no oyen ciertas bandas de frecuencia, …) es una mentira que no deberíamos asumir como cierta ni popularizar, y debería ser desterrada de la enseñanza, conservándola sólo a modo anecdótico.

Hasta ahora sólo me he limitado a introducir el tema de la pulsión continua entre Providencia y libre albedrío, según mi propia manera de pensar. Pero a continuación entraré ya de lleno en lo que realmente pretendía, que es hacer mi comentario y reflexión personal sobre el contenido del libro “El gran diseño”, que leí en estas Navidades. “El gran diseño” comienza con una remembranza sobre la mayor revolución que ha habido en el pensamiento humano, y que se desencadenó en una sociedad de artesanos y mercaderes de las islas occidentales de la actual Turquía, que en aquel momento pertenecían a Grecia, el archipiélago Jonio. Allí nació la idea del Cosmos, la grandiosa idea de que hay un orden en el Universo y que puede ser aprehendido por los hombres. Supuso el nacimiento de la Ciencia como tal. Prohombres como Tales de Mileto, Anaxágoras, Empédocles o Anaximandro pusieron en práctica esta concepción creando las primeras y rudimentarias formas de entender el mundo o teorías, y que en algunos casos estaban bien poco apartadas de la Verdad, como se supo mucho después. Algún tiempo más tarde apareció la teoría de epiciclos sobre deferentes del modelo geocéntrico de Ptolomeo. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que le surgiera una competidora, la teoría heliocéntrica de Copérnico, que ya había sido ideada por Aristarco de Samos en la época Jonia, pero que cayó en el olvido, como una gran cantidad del conocimiento albergado en la antigua Biblioteca de Alejandría. En el libro de Hawking se comentan en relación a este particular las diferentes doctrinas epistemológicas o de filosofía de la Ciencia que han sido tomadas en cuenta a lo largo de la historia. Así, Hawking y Mlodinow distinguen entre realismo o materialismo –cuando asumimos que existen en el Universo verdades indiscutibles que están ahí afuera esperando a que las descubramos-, idealismo –cuando mantenemos que nuestra posición de observadores pertenecientes al propio Universo condiciona que nuestra propia visión del mundo es genuina nuestra y que todo lo que pensamos sobre el exterior es en realidad producto de nuestra mente-, y una doctrina que es un poco una mezcolanza de las dos anteriores, que es el realismo dependiente del modelo –cuando pensamos que en principio pueden existir distintas formas o modelos de reflexión sobre los objetos y que en principio no tienen por qué ser unos verdaderos y los otros no, sino que por nuestra propia conveniencia nos puede interesar para según qué cosas el ver el mundo de cierta manera y según que otras de otra totalmente distinta-. En este punto los autores ponen como ejemplo la concepción propia del mundo exterior de un pez que habita en una pecera de cristal curvado. Para el pez los movimientos que nosotros vemos como líneas rectas serán líneas curvas. ¿Está el pez errado o lo estamos nosotros?¿Quién nos dice a nosotros que nuestros sentidos e instrumentos han de ser el patrón o vara de medida estándar?. Esto no es así. En principio ambas concepciones no tienen por qué no estar en pie de igualdad. Esta forma de pensar nos lleva a concluir que si tanto el modelo geocéntrico como el modelo heliocéntrico explicaran las retrogradaciones de los planetas errantes con igual grado de exactitud –cosa que podría suceder si sobre los epiciclos principales colocáramos otros epiciclos de menor tamaño y así sucesivamente, limando la incongruencia entre el modelo de Ptolomeo y las observaciones al máximo- en principio deberíamos asumir ambos modelos como válidos porque ambos explican la realidad de manera prácticamente exacta. El realismo dependiente del modelo se ha impuesto en la física actual. Así, podemos explicar la misma realidad de formas muy diferentes. El hecho de que la luz se comporte como una onda y también como un conjunto de partículas es un ejemplo. En el reino de las grandes masas y velocidades, a escalas macroscópicas, los especialistas utilizan la teoría de la relatividad general de Einstein. A escalas menores se usa la mecánica newtoniana como modelo, y de hecho funciona de maravilla a la hora de construir puentes o edificios, y a grandes velocidades y masas ésta no es tan exacta como la relatividad. A escala subatómica se utiliza la mecánica cuántica, que a pesar de ser muy poco intuitiva realiza predicciones asombrosas con un grado de precisión mayor que el de las otras teorías. Sin embargo ni las teorías de Einstein ni de Newton tienen nada correcto que decir cuando hablamos de partículas. Desde los años 50 del siglo pasado se evidenció un nacimiento de nuevas teorías, intentos de unificar las fuerzas de la naturaleza –fuerza gravitatoria, fuerza electromagnética, fuerza nuclear fuerte (responsable de la cohesión del núcleo atómico) y fuerza nuclear débil (responsable de la radiactividad)- en una sola teoría. Así, Richard Phillips Feynman, Tomonaga y Schwinger, recibieron conjuntamente el premio Nóbel de Física, por desarrollar de forma independiente unos de otros la primera de las teorías cuánticas de campos, más concretamente, la teoría de la electrodinámica cuántica, la cual explica mediante partículas de materia y mediante partículas de energía, y mediante sus interacciones recíprocas, los campos electromagnéticas. Después, años más tarde aparecieron otras diversas teorías cuánticas de campos, como la teoría electrodébil, que unifica el electromagnetismo con la fuerza de interacción débil, o la cromodinámica cuántica, una teoría cuántica de campos para la fuerza de interacción fuerte. Finalmente, a medida que pasó el tiempo, se fue afianzando la búsqueda de una teoría del Todo –ya Einstein la persiguió infructuosamente-, al que se le ha dado el nombre de Teoría M (quizás “M” de “Maestra”), y que todavía no se ha hallado. Actualmente, muchos científicos de todo el mundo opinan que la ansiada Teoría M se identifica con la Teoría de Cuerdas, una familia de distintos modelos del Universo que se aplican en distintos rangos de observación y que parte de la suposición de considerar las partículas no como puntos, sino como pequeñas cuerdas, cuyos distintos modos de vibración originan sus interacciones, ondas, o fuerzas que provocan. En realidad, existe una corriente de pensamiento muy popular en antagonismo con la Teoría de cuerdas, y que basa sus objeciones en los hechos poco afortunados de que hasta el momento no se ha contrastado empíricamente ninguna de las afirmaciones de tal teoría, así como en que existen variables en dicha teoría que se deben suponer con un valor concreto forzado para que sea coherente, o que el espacio está formado por 3 dimensiones extensas que se curvan en una cuarta, y muchas más –hasta 7 más- compactadas localmente a escala subatómica. Un conjunto de muchas peregrinas suposiciones. Pero existe la esperanza de que cada teoría de cuerdas particular, dentro de su gran familia, explique un rango del mundo observable.

Y entramos ya de lleno en el asunto principal del libro,… ¿es capaz el Universo de aparecer de la nada?¿Por qué hay algo en vez de nada?. Para responder a esta pregunta, Hawking y Mlodinow comienzan hablando del principio antrópico en cosmología. El principio antrópico viene a establecer que dado que es un hecho que estamos observando el Universo, también debe suceder que las leyes del mismo deben haber sido y de hecho son favorables a nuestra existencia, y esto nos da una vía para entender la historia del Universo de arriba hacia abajo, es decir, desde la actualidad hasta el Big Bang, en contra de la forma de abajo hacia arriba clásica. Para explicar su postura, los dos autores se auxilian del concepto de múltiples historias de partículas que aportó Richard Feynman a la física moderna, y que viene a dictaminar que dado un conjunto de partículas que co-evolucionan, si asociamos un número o fase a cada una de sus posibles historias temporales, aquellas historias que sean parecidas arrojarán números de fase muy similares y se sumarán sin apenas cancelaciones mutuas –entendiendo el número de fase como un número complejo de módulo unitario y de ángulo variable- dando lugar a un número complejo de gran módulo. Por lo tanto, aquellas historias que sean muy parecidas son las que arrojarán mayor probabilidad en la medida de su ocurrencia, pues dicho número complejo mide en realidad tal concepto, y de este modo la historia del universo puede ser entendida como aquel conjunto de historias de todas sus partículas que arrojan la mayor amplitud de probabilidad. Y llegados a este punto, los autores conciben el Big Bang como el resultado de una fluctuación cuántica que por “selección universal” sobrevivió y dio lugar a nuestro Universo actual, maximizándose de este modo la probabilidad de su historia. Algo así como cuando vemos burbujas en una botella de champán. Algunas se desintegran prácticamente de manera instantánea, pero existen otras que por sus condiciones físicas o leyes locales perviven y aumentan deshaciéndose un poco después.

Desconozco cómo ha empezado el Universo, yo no soy más que un aficionado a la Ciencia y un admirador de lo que ésta nos ha proporcionado, no creo que exista hoy en día ningún científico en realidad que conozca cómo empezó todo. Hay todavía muchas lagunas, algunas de las cuales a lo mejor resultan ser insalvables para nuestros medios de medida y para el intelecto humano. Aún así, reconozco que lo que proponen Hawking y Mlodinow –pues nadie puede quitarme mi derecho a opinar, aunque diga cosas que después no resulten ciertas- es una idea evocadora y bella, que no nos reduce a materia corriente del mismo modo que tampoco esto sucede cuando se reconoce que nuestros átomos fueron cocidos en los hornos estelares que después explotaron como supernovas. Si Darwin pudo abstraerse de la acción de divinidades para concebir y demostrar la realidad biológica sobre la faz de la Tierra, parece una extensión natural y completamente lógica el creer en un mundo autoexistente y evolucionante. Se trata de una gran idea. Pero podemos conciliar nuestra inquietud existencial con la ciencia. Podemos y debemos respetar a los que no piensan como nosotros. El respeto es la base de la convivencia, y la educación lo primero que se aprende en la escuela. Dios puede existir y puede estar en todas partes. Es un Dios que engendra las cosas más bellas y hermosas, como el gorjeo de un pájaro y la hermosura encarnada de una rosa, que escribe un libro infinito en cada brote resplandeciente de hierba, en cada árbol, en cada río, en nosotros mismos, somos los ojos de Dios, nos engendró para que se pudiese festejar a sí mismo, a veces son angustiosos sus designios, pero casi siempre esperanzadores, su único defecto es que no posee ética, pero para eso ya estamos sus hijos, los humanos. Esta grandiosa belleza que hay por todas partes, este orden matemático que subyace, son las manifestaciones de su poder infinito y de su eterno cariño. Porque Dios es Uno y Todo. Porque Dios es el Universo mismo.

 

Investigaciones, de Stuart Kauffman

 

 

He leído hace unos años un libro de un profesor emérito de biología americano llamado Stuart Kaufman, cuya lectura me resultó muy interesante y amena. El libro se titula «Investigaciones», y en él se buscan las condiciones elementales para la vida en cualquier mundo. La conclusión a la que llega es que para que un organismo sea un agente autónomo, esto es, un ser con capacidad para adaptarse al medio y utilizarlo en su propio beneficio, debe ser un compuesto molecular autocatalítico en el que se produzca al menos un ciclo termodinámico. Autocatalítico en el sentido de que debe estar en contacto con enzimas (o catalizadores) que permitan el ensamblado de la molécula viva según las reacciones químicas pertinentes y su autoreplicancia -reproducción-, reduciendo la barrera de potencial que separa reactivos y complejo activado. En realidad esas enzimas, en las formas vivas que conocemos, van ligadas a la molécula en sí. Por eso decimos que se autocatalizan. Sin embargo, S. Kauffman da un paso más, y dice por ejemplo que probablemente podría ser posible que algunas moléculas cooperativamente se catalizasen, una parte de A ayudaría a catalizarse B y una parte de B ayudará a catalizarse A, dando lugar a más moléculas A y B. El hecho es que incluso podría ser que, a partir de una sopa de moléculas inicial de muchos tipos éstas se fueran uniendo, de forma que cuando la relación moléculas/conexiones fuese en torno a 2, emergerían de la sopa moléculas muy grandes con posibilidad de catalizarse a sí mismas.

Por lo visto, hasta el momento se han conseguido moléculas que se catalizan y dan lugar a otras moléculas que las contienen, pero todavía no se ha logrado que ejecuten algún ciclo termodinámico. Y no tendrían por qué ser únicamente las moléculas orgánicas -basadas en el Carbono-, las presentes en otras formas vivas.

En el libro «¿qué es la vida?», de Schröedinger, se planteó una intuición brillantísima en torno a los ladrillos de los que estamos construidos -del ADN que forma las proteínas-. Resulta que Schroëdinger, unos 20 años antes del descubrimiento de Watson y Crick, razonó que nuestras moléculas constituyentes no podrían ser sólidos o cristales regulares, porque la información que contienen está contenida en uno de los ciclos que se repiten, y es por tanto poca. Razonó que serían cristales aperiódicos. Y acertó. Se adelantó al descubrimiento de la doble hélice dextrógira a base de nucleótidos adenina, timina, guanina y citosina.

Al final resulta -según Kauffman- que hay un gran paralelismo entre el segundo principio de la termodinámica y la evolución natural. El segundo principio de la termodinámica establece que la entropía nunca disminuye, esto es, las moléculas chocan entre sí y las que van más rápido se frenan con las otras y las más lentas adquieren velocidad, hacia una situación por tanto de equilibrio térmico, con una gran cantidad de «información térmica» acumulada en el conjunto de todas las moléculas. La evolución natural, siguiendo los procesos de recombinación, mutación y selección natural da lugar por su parte a especies con cada vez más información condensada en su ristra de ADN. Hay cierto paralelismo entre ambas situaciones.

Una de las conclusiones de la biología de Kauffman es que la selección natural por sí misma no explica el fenómeno natural. Es la teoría de la complejidad coadyuvando con la selección natural la que, en virtud a la mera espontaneidad del azar, explica las formas naturales emergentes. Es como si del caos apareciera el orden.

Para los interesados en complejidad, matemáticas y biología, les propongo el libro «investigaciones», de Stuart Kauffman, Metatemas, Tusquets Editores.