Archivo de la categoría ‘ Libros ’

Colección Cómo hacer, de la editorial Plesa. (III).

 


 

Tercera y última entrega de las maravillosas portadas de la colección Cómo hacer. Porque en el fondo todos llevamos un niño dentro.

 


 

Rubaiyat. Cuarteta XXI.

 

¿Cuándo nací?,
¿cuándo moriré?
Nadie recuerda el día de su
nacimiento ni es capaz de prever
el de su muerte.

¡Ven, dócil bienamada!
Quiero olvidar en la embriaguez el
dolor de nuestra ignorancia.

 

Omar Khayyám

 

Colección Cómo hacer, de la editorial Plesa. (II).

 


 

Segunda entrega de las preciosas portadas de la colección Cómo hacer. Y sabiendo que lo único que existe es el ahora, aunque también es perfectamente lícito recrearse en los buenos momentos del pasado.

 


 

Rubaiyat. Cuarteta XX.

 

Fugaces son nuestros días y huyen
como el agua de los ríos y los vientos
del desierto.

Pero, dos días me dejan indiferentes:
el que ayer murió y el que
mañana aún no ha nacido.

 

Omar Khayyám

 

Bertrand Russell, un hombre para el recuerdo.

 

Comparto aquí en esta web, con los oportunos créditos, un hermoso texto extraido del libro El cánon científico, del autor José Manuel Sánchez Ron, que hace alusión al gigante intelectual que fue Sir Bertrand Russell, que me ha mostrado la talla humana de este gran hombre, y que me ha causado una honda emoción.

«…En este punto es preciso detenerse un momento, para señalar que Bertrand Russell es, ciertamente, un miembro de pleno derecho del selecto y reducido club de cualquier canon de la ciencia. Acaso no tanto por los resultados que obtuvo, sino por la ambición y amplitud de intereses que demostró durante su larga vida. Nos dejó libros extraordinarios, sobre matemática, física, filosofía, política y sociología (sin olvidar su bella autobiografía), que se pueden leer hoy igual que cuando fueron publicados. Estaban, además, magníficamente escritos (Russell fue premio Nóbel de Literatura, aunque la decisión de la Academia Sueca pueda ser discutida). Hay unas línas que abren su autobiografía que a mí me conmueven siempre que las leo. No quiero dejar de recordarlas aquí:

BERTRAND RUSSELL, AUTOBIOGRAPHY (1967)

Tres pasiones, simples pero irresistiblemente fuertes, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento, y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones me han llevado, como grandes vendavales, de aquí para allá, por un caprichoso camino, a través de un profundo océano de angustia, llegando al mismo borde de la desesperación.

He buscado amor, primero, porque trae éxtasis, un éxtasis tan grande que a menudo habría sacrificado el resto de mi vida por unas pocas horas de esta alegría. Lo he buscado, en segundo lugar, porque mitiga la soledad, esa terrible soledad en la que nuestra temblorosa conciencia mira, más allá del límite del mundo, al frío, insondable y sin vida abismo. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una mística miniatura, una protovisión del cielo que los santos y los poetas han imaginado. Esto es lo que busqué, y aunque puede parecer demasiado bueno para la vida humana, esto es, al menos, lo que he encontrado.

Con igual pasión he buscado conocimiento. He deseado comprender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de comprender el poder pitagórico mediante el cual el número domina el flujo. Un poco de esto, aunque no mucho, he logrado.

Amor y conocimiento me transportaron, tanto como fue posible, hacia los cielos. Pero la piedad siempre me trajo de regreso a la tierra. Reverberan en mi corazón ecos de los gritos de sufrimiento. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desamparados que constituyen una odiada carga para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y sufrimiento hacen que la vida parezca una burla de lo que debería ser. Ansío aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Ésta ha sido mi vida. He encontrado que merece la pena vivirla, y alegremente la viviría de nuevo si se me diese la oportunidad.»

 

Créditos: El canon científico, José Manuel Sánchez Ron.

 

Aeromodelismo, veleros

 

 

Publicado en el año 1966 en su primera edición, el libro Aeromodelismo, veleros ofrecía a los chavales de los 70 y 80 todo un compendio de las técnicas de construcción de aeromodelos veleros, esto es, artefactos voladores a escala que únicamente emplean las térmicas del aire para ascender y planear. Me gustaba tanto esta afición que llegué a montar el aeromodelo Campamental. Se trata de un modelo para iniciados en el aeromodelismo, que recibe su nombre del hecho de que se solía enseñar a construir en los campamentos de verano que había por aquellos tiempos.

Era una afición que requería mucha paciencia, aunque los materiales no eran caros, y que te enganchaba desde que comenzabas a trabajar en un modelo. No creo que exista ni una sola persona que en algún momento de su vida no se haya maravillado con el vuelo de pájaros o aviones.

 

 

La isla del tesoro

 

 

Publicada en el año 1979 en su cuarta edición por la editorial Afha, esta novela gráfica del clásico «La isla del tesoro» del autor Robert L. Stevenson, representó para mí el descubrimiento de la historia que eligen más personas para iniciarse en la lectura de novelas de aventuras. Me encantaba este libro. Y lo cogía casi una vez por semana en la biblioteca de la escuela. Este cómic me transportaba a la historia de corsarios por antonomasia, si bien Stevenson, que fue un fecundo escritor, y que se retiró en sus últimos años en el paraíso perdido del archipiélago de Samoa, por aquel entonces colonia portuguesa, en su villa Vailima de Samoa, fue el autor asimismo de una buena cantidad de relatos de aventuras muy bien tramados, para lo que empleaba un estilo literario caracterizado por no pararse excesivamente en las descripciones, y dotar a sus personajes de continua acción. Otra novela suya de este estilo es «Las aventuras de David Balfour«, en la que se narran las aventuras de un joven cuyos padres han muerto, y que tiene que ganarse la vida mediante su ingenio, escapando para ello de la presión de unos secuestradores. Maravillosos relatos que te pueden alegrar una tarde sentado en una butaca junto al fuego.

 

 

Colección Cómo hacer, de la editorial Plesa.

 

 

 

Durante la década de los años 70, la editorial Plesa publicó en sucesivas ediciones la colección Cómo hacer. Como hoy va la cosa de nostalgia, me he tomado la libertad de reproducir aquí las portadas de algunos de los ejemplares de la colección que poseo. Para mí supusieron el despertar a la lectura, ya a finales de los 70 y principios de los 80 (mucho ha llovido desde entonces). Y era fanático de esta colección. Era de Cómo hacer a muerte, y lo sigo siendo.

 

Créditos de las imágenes: colección Cómo hacer, editorial Plesa.

 

 

 

Amarga locura, por Dave Mistery

 

 

«En la proximidad de fechas navideñas, se ve perturbada la normalidad de un centro psiquiátrico de Manchester. Un paciente ingresado fallece en su cama. No parece haber nada extraño en su muerte y así lo cree, en un inicio, la policía. El eficiente inspector Evans debe encargarse de cerrar rápido el asunto para poder prestar más atención a casos realmente importantes. Sin embargo, a medida que avanza en la investigación, el caso se va complicando. Esa muerte, la de un “pobre diablo” que apenas importa a nadie, se torna en un misterio incomprensible. Evans, con ayuda del metódico inspector jefe McPhee, un hombre con dificultades para conciliar la labor profesional con su familia, intentará desentrañar las numerosas incógnitas que se le van presentando. Si te gusta la novela policíaca con interrogatorios, intriga y giros de guión, no dejes de leer Amarga locura«.

Éste es el texto con el que el autor escondido tras el seudónimo Dave Mistery nos presenta su primera novela. Personalmente, a un adorador como soy de las sagas de detectives y de intriga (Poirot, Miss Marple, Sherlock Holmes y el padre Brown) me parece de entrada muy interesante para pasar parte del mes de agosto a la sombra de un plátano con un vaso de tinto de verano bien frío. Es más, puesto que los autores noveles necesitan el apoyo de los lectores, ya tengo pedido mi ejemplar, que pronto llegará a casa. Muchísima suerte señor Mistery. Que venda Vd. muchos ejemplares.

 

Amarga locura

 

 

Una bonita forma de empezar el año

 

 

Adoro la edición de la editorial Valdemar de la novela infantil El viento entre los sauces, escrita por el escritor escocés Kenneth Grahame en el año 1908. Originalmente comenzó como un relato que Kenneth escribió a su hijo de cuatro años Alistair, cuando su madre tuvo que ausentarse durante cierto tiempo de su compañía.

 

 

Se trata de un relato en el que se plasma el ambiente bucólico de la campiña inglesa, la vida rural sencilla, cargado de poesía, camaradería entre los personajes, que son todos animales, amistad, humor y aventura. Un compendio de valores educativos para los niños y con lectura inclusiva para los adultos. Al igual que pasa con clásicos como El principito o Winny de Pooh, admite la lectura de una persona de mayor edad, y en este caso, se observa en los personajes la representación fidedigna de la sociedad clasista que había entonces y que todavía pervive.

 

 

En conjunto, los personajes viven libres de grandes preocupaciones, lo que me recuerda la fabulosa edad de la infancia, en la que los humanos no sufrimos los grandes problemas de la edad adulta (ganarse la vida, la salud, la conciliación de vida personal y laboral, el sexo).

 

 

Con todo, esta preciosa novela, que fue adaptada al cine y a los dibujos animados en numerosas ocasiones, con las maravillosas ilustraciones originales de E. H. Shepard, aunque otros muchos ilustradores se atrevieron con el reto, y cuya publicación fue inicialmente rechazada por varias editoriales, se convirtió por derecho propio en una de los relatos infantiles de culto más republicados y leídos durante el siglo XX.

 

 

Créditos de las imágenes: El viento entre los sauces, Kenneth Grahame. Editorial Valdemar.

 

Psicopatía vs. Inteligencia emocional, por María José Hermida.

 

 

Un libro que no defrauda y que nos introduce en la mente fría y ausente de emociones de los psicópatas, seres verdaderamente malignos que sólo traen sufrimiento a las personas con las que les toca en suerte relacionarse. La autora no deja una puntada sin coser en este manual sobre la inteligencia emocional y su empleo como técnica para lidiar con el trato que dispensan estos elementos dañinos de nuestra sociedad, que por desgracia saltan a los tabloides y medios de comunicación envueltos con su aura de demonios casi todos los días.

Aún así, existen muchos psicópatas disfrazados, perfectamente camuflados entre la muchedumbre, dispuestos a desarrollar su maldad normalmente sobre las personas que ven más vulnerables. Son personas bien integradas, muy frías y muy retorcidas, que cuando quieren hacer daño lo pueden lograr, a no ser que los hayamos identificado antes en su condición y sepamos cómo manejarlos. En las 108 páginas de este libro, que se lee prácticamente del tirón, la autora desgrana distintas tipologías de psiques que no tienen nada que ver con los psicópatas, pero que son potencialmente buenas víctimas para ellos. Así, nos habla de los diagnosticados como PAS (Personas con alta sensibilidad), aquellas personas que absorben como una esponja todo lo que sucede en cada instante de su vida, que tienen un sistema nervioso altamente sensible, y que pueden llegar a sufrir mucho cuando un psicópata se ceba con ellos. Los diagnosticados como PAS se distribuyen como un 20% de la población, al tiempo que los psicópatas lo hacen con un 3%, lo que prueba por un lado que en general el mundo no es malo del todo, y por el otro que los que son verdaderamente malos hacen ruido por todos los que son buenos, que son muchos más (abstrayendo de esta interpretación cualquier tinte maniqueísta y hablando muy a grosso modo). La autora nos provee de recetas para mejorar nuestra inteligencia emocional, que pasan por la práctica del mindfulness, el yoga, la “psicología meta”, y otras técnicas, que nos permiten con su uso la aprehensión de cada instante de una forma conservadora y saludable para nosotros, permitiéndonos encarar el trato con los psicópatas.

Se trata de un fabuloso libro, que me ha gustado un montón. Toda una clase magistral de la autora, que en honor a la verdad es capaz de tocar todos los palos del conocimiento, como ya ha demostrado de manera manifiesta en su dilatada carrera como docente, investigadora postdoctoral, y escritora.
Chapó.

 

Mujeres extraordinarias (II). Ada, la encantadora del número.

 

 

Leí la primavera pasada un entretenido libro titulado El algoritmo de Ada. Como se puede deducir fácilmente, se trata de una biografía de quien el matemático y pionero de la computación, Charles Babbage, conocía como la encantadora de números, un bello mote para una chica.

La encantadora de números, de forma más precisa, la encantadora del número, no era otra que la condesa Lady Ada Augusta Byron Lovelace, la única hija legítima del poeta inglés del Romanticismo George Gordon Byron, 6º Barón de Byron, más conocido como Lord Byron.

Se trata de un encanto de mujer, con suficiente entidad en sí misma como para dedicarle de manera exclusiva una buena biografía. Un torrente de imaginación, lo que pudo heredar en parte de su padre. Claramente de hemisferio derecho dominante, tal y como él fue, aunque de su madre también heredó un poderoso raciocinio. Vamos, prácticamente ambidiestra, pero tendiendo al lado derecho.

Su padre era un vividor. Impulsivo. Derrochador. Pura imaginación sin control. Algo loco diría yo. Encumbrado en el continente y en las Islas. Hasta que se supo que tuvo relaciones incestuosas con una medio hermana. Entonces, en el continente lo bajaron del pedestal, pero en Gran Bretaña lo siguieron venerando. Murió arruinado, después de contraer la malaria, a los 36 años, en un exilio autoimpuesto, y convertido en un paria social.

Corrían los tiempos del Romanticismo. Ada fue criada por su madre. A su padre nunca lo conoció. Su madre trató por todos los medios que estuvieron a su alcance de eliminar el virus del desorden en ella, que tan malos resultados le habían acarreado a su padre. Para tal menester, ella misma le inculcó la formación básica, de una manera muy meticulosa. Contó además con la intervención de un buen profesor particular, Augustus de Morgan. Augustus de Morgan es el descubridor de las leyes lógicas que llevan su nombre (el negado de la disyunción es la conjunción de los negados, y a su vez el negado de la conjunción es la disyunción de los negados).

Ella despuntaba. Era muy brillante. Participó activamente en las reuniones sociales de la época, a las que asistían personalidades como Charles Dickens, Charles Darwin, y el propio Charles Babbage. Y se relacionó con otra gran mujer, la matemática Mary Sommerville, otra lumbrera como ella. En el libro se llega a sostener de manera completamente fundada que Babbage, quien ingenió la máquina de diferencias y la máquina analítica, si bien nunca llegó a terminar de construirlas, no hubiera bajo ningún concepto llegado a donde llegó sin el empeño, la tenacidad, la insistencia, y la luz de ella. El infeliz de Babbage era lo que sería hoy en día un friki, eliminando de esta palabra por completo cualquier intención peyorativa.

Vivía recluido con sus engranajes e interactuaba de una manera muy curiosa con sus contemporáneos. Se burlaban de él. En la calle en la que vivía Babbage se formaban tumultos y corrillos de personas para darle la vara con ruidos, y él éso lo llevaba muy mal.

La principal contribución que en algunas fuentes se atribuye a Ada Augusta fue el concepto de algoritmo. Un algoritmo es una descripción heurística de un procedimiento para resolver un problema concreto. Estas líneas que estás leyendo viven en la world wide web gracias a la codificación en código PHP de ciertos algoritmos, interactuando con una base de datos relacional, en cuyo motor están implementados otros algoritmos. Así pues, las ideas en las que trabajó Ada fueron fundamentales para nuestra actual sociedad de la información. Fue una de las primeras personas que imaginó cómo se podría programar una máquina de propósito general. A él no le hicieron mucho caso en vida. Viajó a Italia, donde encontró algunos apoyos para sus ideas, y en París consiguió un retrato hilvanado con los telares de Jacquard, que en realidad consistían en uno de los primeros automátas mecánicos trabajando en bucle según una determinada secuencia de operaciones.

El final de Ada fue triste, en realidad todos los finales lo son. Contrajo un cáncer de útero. Por aquel entonces, el único medio para combatir el dolor era el laúdano, que no era otra cosa que opio mezclado con brandy, antes de que se descubriera el cloroformo y la morfina, y que provocaba pérdidas de consciencia. El día de su muerte pidió a Charles Dickens que la fuera animar con algún relato. Fue una mujer extraordinaria, muy adelantada a su tiempo. No entraré en ninguna controversia en relación a la paternidad o maternidad de la idea de algoritmo. Babbage tenía que conocer de sobras lo que él estaba creando, de modo que no le quito mérito a ninguno de los dos. Tanto Ada como Babbage tienen la suficiente entidad como para figurar como pioneros de la ciencia de la computación.

 

Lolita.

 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita. […]

 

Comienzo del capítulo I de Lolita, de Vladimir Nabokov.

 

La granja de Ngong.

 

 

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles de Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. […]

 

Comienzo del capítulo I de Memorias de África, escrito por Karen Blixen, uno de cuyos seudónimos fue Isak Dinesen. El escritor Ernst Hemingway dijo que era a élla a quien le tenían que haber dado el Nóbel, con toda la razón del mundo.

 

El concepto de verdad en matemáticas, por Jesús Mª Landart Ercilla.

 

 

Conozco a Jesús María Landart Ercilla desde el año 2005. Ya entonces me sorprendió su agradable conversación y su calidad de polímata. Era como hablar con una enciclopedia Espasa andante, pero con las emociones de un humano. Me hice amigo enseguida de él. Y desde entonces mantenemos una comunicación fluida mediante medios electrónicos. Es una gran persona y se hace querer desde el minuto cero.

Pero Jesús es mucho más que mi amigo. Estudió ingeniería técnica electrónica, es licenciado en matemáticas y graduado en filosofía, complementado con un Máster en Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia. Nunca o casi nunca bajó del 10 y del primer puesto en su promoción. Es por ello que le tengo un gran respeto. Se trata de quizás uno de los últimos renacentistas que quedan, en una sociedad que valora lo inmediato, lo fácil, lo gratuito, lo que no requiere esfuerzo. Me da miedo incluso destripar aquí su último libro, que en realidad es la versión impresa de su Tesis Fin de Máster en Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia, y que lleva por título «El concepto de verdad en matemáticas». Y es que se frivoliza mucho con el concepto de verdad, y debo reconocer que soy la primera persona en hacerlo.

Es por ello que, ahora que ya lo he presentado, introduzco la reseña del libro usando sus mismas palabras, para no faltar a la verdad.

«La teoría clásica de la verdad matemática afirma que la deducción a partir de axiomas intuitivos es condición suficiente y necesaria para la verdad matemática. Al menos tres crisis importantes a lo largo de los últimos ciento cincuenta años quebraron esta confianza: la irrupción de geometrías no euclídeas, el descubrimiento de contradicciones en el seno de la teoría de conjuntos y la constatación de la existencia de limitaciones intrínsecas en los sistemas axiomáticos. La última esperanza, la posibilidad de encontrar un algoritmo que respondiera a toda pregunta bien formulada, se desvanecía igualmente. Quedaba una concepción mucho más débil de verdad matemática, menos ingenua y de gran riqueza de matices.»

Dejo aquí los enlaces a la versión impresa y a la versión en PDF del libro, para quien lo quiera comprar o descargar. Se trata de un libro que todas las personas que estudian carreras técnicas deberían leer. Porque está muy bien escrito, con mucho rigor. Al leerlo, uno no diferencia si la mente que hay detrás de él es la de un premio Nóbel o la mente de una persona próxima, humana y buena como él lo es.

 

Versión impresa


Versión en PDF