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Transeúnte de domingos

 

 

A veces me pierdo entre la muchedumbre de la ciudad, y me convierto en un transeúnte anónimo más.

Recorro todas las calles peatonales, las aceras interminables de la avenida, las plazas con su estatua y sus bancos, y me voy aproximando a los viejos soportales. Allí hojeo los libros de los puestos. Supongo que doy una imagen de impasibilidad, de persona perfectamente confundida en el ecosistema. Pero la realidad es otra. Un cúmulo de sentimientos encontrados, de recuerdos imborrables, de inquietud perfectamente disimulada recorre todo mi ser, embargándome de melancolía.

Melancolía por lo que era la ciudad hace veinte años y por lo que era yo en aquel entonces. Las fiestas, los establecimientos que ya no están y que ahora son bancos u oficinas, las personas que nos dejaron y aquéllas de las que no hemos vuelto a tener noticias. Mis primeros escarceos con las chicas. Las juergas con mis amigos. Todo éso no volverá.

Me siento en una terraza y pido un vermouth. En la calle llueve con parsimonia, y los demás transeúntes abren sus paraguas de manera casi mecánica. Han pasado veinte años, nada menos. No es mucho tiempo, pero el suficiente para darte cuenta de que ahora tienes otras preocupaciones, tus padres se han hecho ancianos, el trabajo te absorbe, aunque sólo tú conoces tu soledad, esa soledad con la que has convivido tantos y tantos años, que te corroe, que te carcome las entrañas y que es la verdadera causa de tu melancolía.

Entonces te gustaría abrazarte a alguien querido y retenerlo contigo otros veinte años, sin soltarlo, para que así, fundidos en un abrazo, el tiempo, el maldito tic tac del reloj se parase y te pudieras entregar a lo único que tiene sentido en esta vida, la razón por la que los humanos hacemos todas las demás cosas que hacemos aunque nunca lo reconozcamos, el amor en cualquiera de sus formas. Porque somos animales evolucionados a fin de cuentas. Y aquí sólo hemos venido a dejar el mundo mejor que lo encontramos, a hacer amigos, y a perpetuar nuestro genoma.

 

Créditos de la fotografía: Periódico digital El País. Enlace: Artículo La Habana: 500 años de cultura mestiza.

 

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